viernes, 6 de diciembre de 2013

CAPITULO XXI, LA ODISEA DEL SEÑOR OBISPO EN LA NACIENTE PLAZA DE EL REMOLINO.

Fue una verdadera odisea llevar al Obispo hasta el Remolino. Para bajar y subir lo que llamaban la Barranca, de Guadalajara a Ixtlahuacán, se hizo una especie de parihuela y ahí acostaron al clérigo, luego entre cuatro hombres lo llevaron hasta bajar al rio y luego volver a subir la montaña. En los llanos de Ixtlahuacán fue más fácil, un rico hacendado les presto su elegante diligencia y así llegaron hasta los dominios de la  hacienda de Santa Rosa, en donde de nuevo tuvieron que bajar al hombre acostado en su parihuela. Ya en Moyahua lo llevaron en una carreta y así, un nublado mediodía de los finales del mes de  mayo, el Obispo de Guadalajara, Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo, arribaba a la naciente plaza del Remolino.
El padre José de Jesús Fragoso, durante todo el trayecto estuvo mandando emisarios anunciando y preparando los arribos del  obispo a los diferentes pueblecitos  por donde fueron pasando, por eso, en el Remolino ya lo estaban esperando.  Eran cientos de personas las que estaban en la plaza. Los Luna y los Haro habían preparado un banquete igual al que hicieran el pasado tres de mayo. Un trio de violín, guitarra y tambora amenizaban el ambiente, había tastoanes y danzantes, la gente había formado una valla  desde el camino real hasta el montículo donde posaba la hermosa Cruz de mezquite. Al fondo estaban los Luna y los Haro, además, todos los clérigos que Vivian en la región, todos, incluyendo al maléfico Bernabé, que muy serio con una mirada rabiosa observaba todo lo que acontecía.
El obispo pidió que lo bajaran de la carreta y así, caminando entre las dos filas de personas que lo ovacionaban, lentamente se dirigió a la hermosa cruz que lo esperaba al fondo. El hombre sonreía, se sentía feliz, para sí mismo pensó “Estoy en un lugar santo, aquí vivió una ángel enviado por el señor”
Anastasio y Mercedes fueron quienes lo recibieron. Se inclinaron frente a él y besaron su mano.
__ Ustedes han de ser los padres de esa niña santa, los encargados de cuidarla, como lo fueron María y José con nuestro señor Jesucristo. Benditos sean por siempre.
__ ¡Gracias señor obispo por haber venido! __ Dijo Anastasio con voz alta para que lo escucharan todos __ Gracias porque así, se ha de saber que mi hija fue una santa y no una bruja como algunos dicen __ Y luego volteo a ver y señalo  a Bernabé con coraje.
El obispo estaba bien informado sobre el caso de aquel inquisidor. Volteo a verlo, noto la mirada del monje, el obispo se estremeció, como si a quien estuviera viendo era el mismísimo demonio. Entonces lo encaro.
__ ¿Eres  Bernabé?
El monje solo movió la cabeza afirmativamente.
__ Hijo __ Dijo el obispo en un tono amoroso __ sé que fuiste inquisidor, sé que eres un hombre de mucha fe, que eras un fiscal y verdadero defensor de nuestra santa, católica y apostólica iglesia, pero sábete buen cristiano, la inquisición ha sido abolida, ya no existe, era cruel y por eso a bien de todos, ha desaparecido.
Bernabé lo miro,  con voz ronca argumento.
__Aquí vivió una bruja, dicen que hacia milagros, era solo el demonio engañando gente, su excelencia no debe ni aceptar ni bendecir este lugar.
__ ¡Padre Bernabé, sépase que la madre de Dios me ha ordenado venir a este lugar y bendecirlo. Es mi orden que te redimas y aceptes mi mandato, no volverás a hablar mal de esta causa, aquí nació y murió una niña santa, es mi veredicto! ¡Voy a bendecir este lugar, y nadie lo podrá impedir, ni tú, ni nadie!
El monje cayó de rodillas y avanzando de esa manera, con la cabeza agachada se dirigió a su superior. El obispo tendió su mano para que la besara el rebelde. Al levantar este las manos, don José María alcanzo a ver algo extrañas en ellas. El viejo grito presintiendo algo malo, pero fue demasiado tarde, cuando Bernabé tomo la mano del obispo, este lanzo un grito espantoso, quiso retirarla, pero Bernabé lo sostenía fuertemente y no pudo, solo siguió gritando.
__ ¡Trae alacranes en la mano! ¡Le están picando al obispo! ¡Quítenlo de ahí! __ El viejo José María gritaba desesperado.
Anastasio por ser la persona más cercana a ellos, se arrojó sobre Bernabé para que soltara la mano del prelado, rodaron por el suelo. Bernabé malévolamente puso una de sus manos sobre el cuello de Anastasio, al momento este también lanzo un alarido y se tomó del cuello, entonces el mal monje se incorporó y riendo malévolamente le mostro las manos amenazantes a los presentes, que para entonces ya los habían rodeado. La gente pudo ver que en ambas manos, el cura se había puesto una gran plasta de miel y cera, luego sobre aquella mezcolanza pegajosa se había pegado diez ponzoñosos alacranes dejándoles la cola suelta, los cuales,  no paraban de tirar aguijonazos por la desesperación de sentirse atrapados. La miel y cera impedían que los aguijones tocaran la piel del mal monje.
El Obispo cayo presa de espasmos, eran múltiples los piquetes que había recibido, era mucho el veneno que ya corría por su cuerpo.  Las reacciones naturales del cuerpo a aquel veneno  tan toxico entre otras muchas, es paralizar la quijada, por lo cual el obispo ya no podía hablar. Anastasio había sido picado en el cuello, el veneno llego inmediatamente al cerebro, también se convulsionaba igual que el obispo.
Bernabé reía maléficamente mientras mostraba sus manos armadas con aquellas alimañas y gritaba __ ¡Ahora si, nadie podrá bendecir esta tierra ni hacer ese sacrilegio.
 Nadie se atrevía a acercársele. El clérigo estaba rodeado de gente. No podía huir, ni le interesaba, quería ver completa su obra. Se sentía protegido con sus alacranes. Miro que alguien se abría paso entre la gente y se acercaba a él.
El viejo José María se sintió rabioso. Sin medir las consecuencias se acercó al moje. Bernabé le mostro sus manos. Don Chema estiro una de sus manos y sin temor arranco de ahí un alacrán. Grande fue la sorpresa de los presentes y del monje mismo cuando el viejo clavo el aguijón del insecto en su antebrazo. El alacrán quedo muerto, pegado a la piel del viejo, colgando inerte.
__ Nada, nada me pueden hacer tus cochinadas.  En cambio yo a ti, si te puedo y te voy a hacer pedazos. Y esto me lo va a perdonar Dios, porque no voy a matar a un padre, voy a matar a un diablo, como cuando matamos al Gavilán. ¡Alguien, que me dé un machete!
Bernabé abrió los ojos desmesuradamente. Varios machetes aparecieron al momento. Don José María tomo uno de ellos y lo levanto amenazadoramente. El monje retrocedió asustado. El viejo avanzo. El círculo de personas se apretó para impedir que Bernabé retrocediera más. Cuando estuvieron a distancia para que el machete pudiera cumplir su objetivo, El viejo Luna apretó la cacha fuertemente y justo, cuando iba a soltar el golpe escucho la voz más hermosa que su cerebro recordara.
__ ¡No abuelito! ¡No hagas eso!
Todos los presentes escucharon también la voz y voltearon asombrados al lugar donde esta se originaba. Grande fue su sorpresa pero nadie sintió miedo. Ahí, al pie de la cruz de mezquite estaba ella, la niña zaurina del Remolino, la santa niña Crucita, en cuerpo y alma, igual que un año antes. Todos se arrodillaron inmediatamente menos don José María y el monje que estuvo a punto de morir. El viejo soltó el machete y empezó a llorar emocionado. La gente miro como la niña bajo del templete y lentamente se dirigió a donde estaba su padre abrazado por Mercedes. Toco su cabeza y amorosamente le dijo.
__Levántate papa. Nada te ha pasado__ Al instante Anastasio dejo de sentir dolor alguno.
Luego aquella aparición se acercó al obispo que era sostenido por el padre José de Jesús Fregoso. De igual manera como lo hiciera con su padre, toco también su cabeza mientras decía.
__Nada te ha pasado buen hombre y sábetelo, nuestro señor me ha mandado con un mensaje. Todos tus pecados te han sido perdonados. Que tu corazón ya no sufra por haber coronado a un demonio. No fue tu culpa. Eres un santo y por tanto fuiste elegido para venir a bendecir esta tierra tan hermosa. Esta, la capital del cielo. Levántate y haz lo que tienes que hacer.
El buen hombre abrió los ojos, al instante se le llenaron los ojos de lágrimas emocionadas. Sonrió amoroso porque sintió una paz enorme en su corazón. Luego miraron que Crucita se dirigió a donde estaban su abuelo y el monje Bernabé.
Fue entonces que don José María se arrodillo. La niña acaricio su rostro. No le dijo nada, porque en ese momento la santa encaro al monje.
__ Eres muy bueno Bernabé, luchas por la fe de Cristo, pero te has desviado un poco del camino. Esa no es tu misión Bernabé. Hoy abras de descubrirla. Tus pecados te han sido perdonados.
En ese instante todos vieron como en el cielo nublado del Remolino se abrieron las nubes y un rayo de sol bajo hasta donde estaba Crucita. Era una luz muy blanca y con mucha emoción todos vieron como ella se fue elevando al cielo mientras la luz se iba desvaneciendo lentamente y se volvieron a cerrar las nubes. Luego hubo un instante de silencio total, solamente se miraban unos a otros hasta que los gritos del obispo los sacaron a todos de aquel letargo.
__ ¡Milagro! ¡Milagro! ¡Esto es un milagro! ¡Estoy bien! ¡Estoy bien!
Entonces fue que todos los presentes empezaron a gritar eufóricos. Testigos de un milagro. Lloraban, reían, gritaban. El obispo se incorporó y con toda la emoción del mundo pidió agua bendita y así, luego de aquel milagro y seguido por todas aquellas personas, empezó a bendecir el lugar. Bendijo la plaza, bendijo el montículo donde habían sepultado a Crucita y donde ahora estaba aquella cruz de mezquite sombreada por dos huizachillos, luego fue a donde estaban los cimientos de la capilla y los bendijo, diciendo que desde ese momento nombraba al lugar por orden de la madre de Dios, Capilla del Remolino, única capital del cielo.
Luego fueron a comer, felices, tranquilos, sintiéndose protegidos por la bondad de un santo obispo y el manto de Santa Crucita. Solo se sintió nuevamente la inquietud cuando don José María hizo una observación.
__Oigan gentes, y a todo esto, ¿onde quedo el mula de Bernabé?
Hasta ese momento se acordaron de él. El obispo palideció. Recordó lo que la madre de Dios le había dicho, que no regresaría con vida a Guadalajara. Alguien grito que sobre una piedra había algo. Fueron a ver. Ahí estaba las plastas de miel y cera junto con los cadáveres de los alacranes, pero Bernabé había desaparecido.
__ No se preocupe señor obispo__  Dijo consolador don Fermín Horta __ En lo que usted este con nosotros y en su viaje de regreso, yo y la santa niña Crucita nos vamos a encargar de cuidarlo.
Pero don Fermín no pudo cumplir su promesa. El Obispo estuvo dos semanas en la región, durante este tiempo el buen hombre fue cuidado por el arriero, pero un día tuvo que ir don Fermín a encontrar unos arrieros que venían de Cuquío con una piara de cerdos y le habían avisado que una jauría de lobos los amenazaba, así que tuvo que ir a su encuentro con su escolta de lanceros. Ese día, el  obispo decidió que era momento de volver a Guadalajara, pero no quería irse sin visitar otras parroquias de su homilía, así que ordeno que regresara subiendo por la  sierra hasta llegar a Nochistlán, luego iría a San Juan de los Lagos para volver a la capital. Solamente el señor cura de Moyahua intento disuadirlo de su plan, era tiempo de lluvias y aquel viaje sería muy peligroso para su salud.
__ Es mi orden y es mi deseo padre José, y quiero que vaya conmigo.
Así que aquella mañana lo subieron en una carreta y acompañados por una pequeña comitiva, se despidió para siempre de la gente del Remolino, sin imaginar que muy pronto se llevaría el susto de su vida.
Iban muy tranquilos por el camino real, a un lado del camino había un surco muy largo plantado de nopales. Comentaba el clérigo sobre las propiedades alimenticias y medicinales de aquel cactus con el carretero, cuando este detuvo el vehículo y gritaba muy asustado.
__ ¡Señor obispo! ¡Mire, ahí! ¡Es Bernabé!
En efecto, a mitad del camino estaba el, Bernabé, con el torso desnudo y un gran madero sobre sus hombros. El obispo se sintió amenazado.


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