lunes, 17 de febrero de 2014

CAPITULO XXVI, EL REMOLINO Y SU DESCENDENCIA FRANCESA.

La guerra de la intervención francesa fue muy cruel. Benito Juárez establecido en el norte de República seguía ejerciendo como presidente, mientras Maximiliano en la ciudad de México reinaba el país. En múltiples lugares hubo batallas, los nacionales mejor conocedores del terreno poco a poco fueron ganando las batallas y mediante la guerra de guerrillas se fue diezmando el enorme ejército francés. Por ese tiempo se empezaba a dar a conocer un personaje que figuraría enormemente en la historia mexicana; Porfirio Díaz, pues gracias a él y sus estrategias, se ganaron muchas batallas en el centro de la República.

Muchos franceses asustados ante las derrotas, desertaron de su  ejército y buscaron refugio en los montes o rancherías, así fue como uno de ellos llego al Remolino.
Las Hijas de Fermín Horta no tenían necesidad de ir al agua al arroyo como las demás mujeres del rancho, ya que don Fermín había mandado hacer un pozo en su propiedad y si querían aguan del  arroyo podían mandar a los peones a traer en las ángaras de los burros, pero ir al agua al arroyo eran momentos de libertad, un rato de chismorreo sin censura, en donde confesaban a la lerenda Chagua de todas sus travesuras sexuales, aunque ya era una mujer mayor, era un gusto ir al agua arroyo arriba.
Si el arroyo estaba seco, hacían posos de un poco más de medio metro de profundidad y ahí encontraban la corriente. Luego con las jícaras sacaban y sacaban agua hasta que esta quedaba limpia de tierra, posteriormente llenaban sus cantaros.
Mientras Elvira Luna limpiaba el pozo, Silveria Horta les dijo a modo de comentario a todas las mujeres.
__ Mientras limpian el pozo, voy a ir a hacer de las aguas atrás de ese mezquite, pa que me cuiden por si viene gente por el arroyo.
La muchacha tomo camino a donde dijo. Se paró detrás del añejo tronco, subió su enagua para empezar a desamarrar su calzonera cuando escucho aquel quejido. Asustada dejo caer su falda, estuvo a punto de gritar y correr a donde estaban las otras mujeres, pero instintivamente volteo a donde salía aquel sonido y miro a aquel hombre, uniformado como un soldado, muy pálido, con sangre en una pierna, el pelo alborotado, de pelo moreno, pero su piel blanca como la leche, unos ojos azules que tenían un tinte de imploración. Silveria, ya casi de cuarenta años, sintió el amor por primera vez,  a golpe de vista.
El hombre levanto la mano y le hablo en un idioma que no entendió nada, con voz gangosa decía.
__Eau, eau…aide-moi….aide-moi…eau.
Silveria no entendía nada, solo lo miraba embelesada. El hombre comprendió que ella no le entendía, entonces con señas le hizo saber que quería agua, comida, ayuda.
Sin miedo alguno se acercó al hombre y toco su rostro. Era mucho más joven que ella, más hermoso que cualquier hombre que hubiera visto jamás. Miro su herida y comprendió que le pedía ayuda. Sus labios estaban secos, necesitaba agua. Pensó en llamar a sus compañeras para que entre todas lo ayudaran pero al momento se arrepintió. No, aquel hombre era de ella, ella se lo había encontrado. De inmediato lo adivino, era un soldado francés, aunque nunca los había visto, sabia por su padre y su hermano que había guerra en muchas partes, se sabía que habían peleado por el lado de Nochiztlán, a lo mejor de allá venia. Pero, ¿Y si habían más? Con señas le pregunto que si era el solo o había más. De inmediato se entendieron y él le hizo saber que era solo.
__ ¡Ándale Silveria! ¡Ya te llenamos tu cántaro! ¡Apúrate! __Escucho que las otras mujeres la llamaban.
__ ¡Váyanse adelantando! ¡Ahora las alcanzo, me salió otra necesidad y me da vergüenza!
__ ¡No te vayas a tardar y límpiate con una piedrita!
Escucho como las mujeres soltaron la carcajada y poco a poco se fueron alejando. Espero un rato y se asomó. Ya no se veían, entonces corrió al arroyo y trajo su cántaro y su jícara. Le dio de beber al herido y este tomo con mucha ansia. Luego con señas, le hizo saber que se iba a ir, pero que volvería  con comida y algo para curar su pierna. Que no fuera a salir, que tuviera paciencia, no sabía cuánto iba a tardar.
Y fueron muchas horas las que tardo en volver, hasta que se hizo muy noche. En esa época circulaban las narraciones de apariciones del diablo o la llorona que corría por los cauces de ríos y arroyos, pero ella se dio mucho valor. Espero a que se durmieran su madre y sus hermanas. Don Fermín ya muy viejo apenas anochecía y se encerraba en su cuarto a leer y ya no salía. Su madre rezaba un rosario y también se dormía profundamente. En una canasta acomodo unos quesos y varios panes, chorizo, frijoles cocidos y algo de carne asada que había quedado de la cena, una botella de alcohol de caña, el pedernal y eslabón, un pedazo de ocote  y  se fue rumbo al arroyo.
Por ese tiempo,  no había ninguna calle, era solo un camino entre los huizaches. Algunos jacales regados, la única casa de adobe era la de ellos. Todo estaba tan solo. La noche estaba oscura. Sentía mucho miedo, le parecía ver bultos por todas partes. Sin embargo ese sentimiento naciente y profundo que la embargaban, la hicieron tomar valor.
Llego hasta donde estaba el pocito. Llamo al hombre. Detrás del mismo árbol donde lo había dejado escucho que le respondían. Miro la sombra del soldado salir hacia el arroyo. Estaba oscuro. La mujer sintió mucha emoción. El francés se acercó y la abrazo cariñosamente, ella sintió mucha emoción, entonces le mostró la canasta de comida. A tientas el soldado saco algo de comida y empezó a engullir desesperadamente. Silveria saco los artefactos para hacer fuego y con una maestría admirable pronto hizo arder el ocote, así al menos se podían ver las caras. El francés casi se comió la mitad de lo que ella le llevaba. Satisfecha su hambre sonrió __Mercy__ dijo
__ ¿Mercy? ¿Así te llamas? Yo Silveria.
__ O Silveria…__Luego apuntándose a si mismo dijo __Antonie Dubois.
__ O pues, ¿ Mercy o Antonie Dubois?
Ambos reían al comprender que su charla iba a ser muy difícil, así que optaron mejor por comunicarse por medio de mímica y poco a poco fueron inventando un lenguaje.
Con el alcohol de caña, Silveria lavó la herida del soldado y éste, lanzaba unos gritos horribles producto del dolor que le provocaba la curación.
En ese momento escucharon las pisadas de animales  que se acercaban. Se quedaron súpitos. A escasos treinta metros vieron salir de la oscuridad, siguiendo el cauce del arroyo,  una partida de burros y mulas. Por la luz del ocote ellos se miraban como dos espectros.
__ ¡Es la llorona! ¡Está matando a alguien! __ Gritaron desde la oscuridad.  Silveria reconoció de inmediato la voz de su hermano que regresaba de las rancherías a donde iba a comprar huevo y maíz. Apago de inmediato el ocote metiéndolo en la arena y corrió con todas sus fuerzas con rumbo al Remolino. EL francés tras ella renqueando e ignorando el dolor. Para su fortuna, los arrieros también corrieron asustados, pero en sentido contrario, temiendo que la llorona los fuera a matar también a ellos.
Silveria jadeante llego hasta su cuarto y se metió de inmediato a la cama. Sus hermanas dormían profundamente, nadie se dio cuenta que había salido. Tras ella entro también el francés. La tenue luz de la vela que alumbraba el cuarto ilumino su cara sudorosa. Silveria no supo como actuar. Dejo que él se acercara y permitió que se acostara junto a ella. Por primera vez en su vida sintió un cuerpo masculino junto al de ella en una cama y se estremeció. Por un momento estuvieron quietos, ella de espalda, el pegado a ella con el brazo en su cintura. De repente sintió como el imponía cierta fuerza en su mano y la apretó. Silveria se estremeció. La mano de el lentamente fue subiendo hasta llegar a sus pechos y busco en el apretado vestido buscar la piel caliente y sudorosa. Ella lo dejo hacer mientras sentía una naciente necesidad. Luego sintió sus primeros besos, en los hombros, en el cuello, en su pelo…luego aquella mano bajo y sintió cuando poco a poco fue levantando su falda y luego fatigo para desatar su calzonera, en ese quehacer ella le tuvo que ayudar…..Al amanecer ya estaba convertida en toda una mujer.
Sus hermanas se levantaron, como siempre muy temprano, tendieron su cama y luego salieron a hacer los quehaceres de la casa. Silveria a señas le pidió al francés que se metiera bajo el mueble y no se moviera. Luego acomodo las sabanas, no se asustó al contemplar que estaba manchada con sangre, eso era muy común por su condición de mujeres. La pierna del francés aun había sangrado un poco. Ayudo a la preparación de los alimentos matutinos pero se veía preocupada. Nadie lo noto porque la novedad era otra, la plática de Reginaldo sobre que habían visto el espectro de la llorona y como torturaba un alma en pena en el arroyo, como escucharon sus gritos y lo horroroso que era todo aquello. Esa fue la plática por mucho tiempo en el Remolino.
Luego los hombres prepararon las remudas, Reginaldo iba rumbo a Aguascalientes, Don Fermín solo a Juchipila, el ya no estaba para viajes largos, el caso es que quedaron las mujeres solas. Silveria había tomado una decisión, aunque  sabiendo que se podía meter en un problema muy grave, deicidio contarles todo a su madre y a su hermana y que fuera lo que Dios quisiera.
Las reunió en la cocina y con un valor estoico les dijo.
__Madre, hermanas. Tengo un hombre escondido en mi cuarto. ¡Anoche durmió en mi cama!…


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