domingo, 23 de febrero de 2014

CAPITULO XXVII, LAS "SORPRESITAS" DEL FRANCÉS.

La madre y las hermanas de Silveria se le quedaron viendo sorprendidas. Había mucha seriedad en sus palabras. Por unos segundos se quedaron estáticas. Por fin doña Delfina reaccionó y gritó iracunda.
__ ¿Qué estás diciendo pendeja? ¿Qué metiste un hombre en tu cama?
Silveria respondió solo con una mirada de susto.
__ ¿En dónde está? ¿Quién es? ¡Eres una ramera! ¡No tienes vergüenza!   ¿Qué, en dónde está? Te pregunto.
__ En el cuarto __ Respondió  Silveria tímidamente __Abajo de mi cama.
__ ¡Ahora va a ver ese bandido desgraciado quien es Delfina Plasencia y de nuestra familia nadie se burla! Se va a quedar sin hombría.
 Estiro la mano y agarro el primer cuchillo que encontró, con él en lo alto se dirigió al cuarto de sus hijas, todas ellas muy asustadas la siguieron.
__ ¡No madre! ¡Espere! __ Silveria quiso detenerla, pero Doña Delfina no iba a permitir que semejante burla siguiera en su casa.
Llegaron al cuarto. Una de las muchachas abrió la ventana de madera para que entrara la luz. Doña Delfina gritaba a todo pulmón exigiendo que saliera el que estaba bajo la cama, mientras amenazaba con el cuchillo. Se escuchó un ruido y tras el colchón fue apareciendo el destrozador de honores. Salió lentamente, apareció su negra cabellera, luego sus ojos azules, su rostro blanco lechoso, luego el resto de su cuerpo. En su semblante no había miedo. Se quedó viendo a las mujeres. Saludó a Silveria con la mano y su rostro fue adornado por una sonrisa. Dona Delfina dejo de gritar. El cuchillo cayó de su mano y se quedó con la boca abierta. Sus otras hijas estaban igual. Martina, la menor fue la que dijo.
__ Ay Dios mío, es un ángel.
__ Si, es un ángel __Repitió doña Delfina __ Y pobrecito, parece que está herido.
La matriarca ordenó que Silveria lo condujera a el patio, ahí llevaron un equipal para que estuviera cómodo. Le sirvieron desayuno entre todas y luego se pusieron de acuerdo para curar su herida.
Mientras hacían este menester la madre le pregunto a Silveria.
__ ¿Dices que durmió contigo?
__ Si madre __ Respondió agachando la cabeza.
__ ¿Te hizo su mujer?
Su rostro enrojeció y respondió __ Si madre
__ Te tienes que casar con el
__ Si madre, si usted lo ordena.
__ No lo ordeno, así tiene que ser.
__ Es un francés madre. Un soldado. A lo mejor a mi padre no le parece.
__ Le va a tener que parecer. No vamos a ser la burla de nadie. Pero tienes razón, tu padre y tu hermano no quieren a los franceses. Tenemos que pensar en algo. Para empezar, no debe parecer francés, porque  la guardia civil de Juchipila puede venir por él y fusilarlo. Eso está difícil, porque trae el uniforme de soldado y porque se va a delatar cuando hable.
__ Pues a vestirlo como mexicano madre __Sugirió una de las hijas.
__ No es mala idea, pero su idioma.
__ Pues que no hable madre __ Sugirió Silveria__  podemos  decir que es sordomudo, él y yo nos entendemos muy bien a señas.
__ Vamos a ver si podemos hacérselo entender.
Nuevamente el lenguaje mímico. Las mujeres le hicieron entender al francés que era bienvenido al Remolino, pero que no podía hablar porque estaría en peligro. Le insinuaron como apuntando con un rifle, que sería fusilado si era descubierto. Le hicieron entender que debería hacerse pasar por sordo mudo y de inmediato el hombre lo hizo, y lo hizo muy bien. Lo que no le gusto, fue cuando dona Delfina le pidió a sus hijas, menos a Silveria, que fueran a buscar algo de ropa de Reginaldo para él, y que se tardaran, porque tenía que hablar con el francés y su hermana de la situación del matrimonio. Una vez que se alejaron las muchachas, dona Delfina miro fijamente al soldado y le pidió que la observara,  luego con el índice y el pulgar de su mano izquierda, unidos formo  un circulo, después, con el índice de la derecha lo metió y saco varias veces  en el círculo mientras hacía sonidos como de gemidos eróticos. Luego señalo a su hija y a él, como preguntándole si habían hecho aquello. El francés moviendo su cabeza y sonriendo pícaramente afirmo que sí. Lo que a continuación le hizo entender la mujer no le gusto, pues unió las dos manos y luego hizo como que se ponía un anillo, signo inequívoco que le estaba exigiendo que se casara con su hija. El muchacho miro a Silveria. Por primera vez se fijó en detalles y no le gustó mucho. Era mínimo quince años mayor que él, tenía algunas canas, sus trenzas muy largas, algo llenita, en la noche le había sentido mucha grasa abdominal. Definitivamente no le gustaba la dama. Las otras hijas se iban acercando llevando la ropa que les había pedido la madre. Antonie miro a Martina y sonrió, ella estaba de su edad. Mucho más hermosa que Silveria. Mejor se casaba con ella y así quiso hacerlo entender, pero doña  Delfina por supuesto que no aceptó, mucho menos Silveria. Bueno, el hombre se resignó, lo importante era salvar la vida.
Le dieron la ropa de Reginaldo y lo metieron a un cuarto para que se vistiera con aquello. Cuando salió no había cambiado mucho, su apariencia seguía siendo la de un extranjero. Le pusieron un sombrero viejo y lo calzaron con huaraches. Se veía ridículo, pero así lo dejaron. Las mujeres seguían embelesadas con él.
__ Bueno mis hijas, ya estuvo bueno de francés. Hay que esconder muy bien ese uniforme y lo vamos quemando poco a poco.  Vamos a hacer la comida que ya no tarda tu padre y a ver que se nos ocurre decirle. A lo mejor que es un limosnero que paso y nos dio lastima o a ver qué.  Luego a ver como lo convencemos para dejar que se case contigo Silveria.
__ Si madre, como usted diga.
La madre se fue a la cocina, sus hijas tras ellas y el francés al final, sin saber que hacer también las siguió. La ultima era Martina. De repente sintió que el hombre se le acercaba mucho y ella se detuvo. Se quedaron juntos sus cuerpos. La mano de él, sobre el vestido agarró una sentadera y la apretó. Ella no dijo nada. Cerró los ojos. Suspiro. Luego volteó a verlo coqueta, con calmas quitó la mano de él y sonriendo corrió para alcanzar a las otras mujeres. El francés también sonrió.
La mejor sorpresa de la mañana aún estaba por venir. El francés entró a la cocina y la contempló. Miró en el patio como iban dos mujeres  al gallinero y de ahí tomaban un gallo y dándole vueltas en el aire lo descabezaban, luego lo pelaron y ya limpio entraron con él. Lo iban a poner a cocer en una olla, cuando el francés les dijo algo que no entendieron, pero parecía una orden. Les arrebato el gallo y tomando un cuchillo lo corto en piezas magistralmente. Doña Delfina le dijo a sus hijas que lo dejaran hacer, parecía tener mucha experiencia. Y así, con mímicas les ordeno que frieran los pedazos que cortó, mientras busco entre todos los ingredientes y cortó, picó, molió, hizo y deshizo. Una hora después estaba preparado un platillo que olía delicioso y sabia aún mucho mejor.
Cuando regreso don Fermín, las mujeres le tenían la novedad. Había llegado un mudito pidiendo algo de comer, que ellas lo habían pasado a la cocina y que el muchacho se puso a cocinar y había preparado aquello. Que estaría bien que se quedara ahí, trabajando como sirviente. Que aunque no le pagaran más que con la comida. Que no fuera malo. Que el pobre muchacho no tenía a donde ir. Que ellas querían aprender a cocinar como él.
A don Fermín no le gustó la idea, ¿Cómo iba a meter un sordo mudo a su casa? Pero cuando lo vio cambió de opinión. Un muchachito bonito, finito, que no hablaba y le gustaba cocinar. De seguro era como el muchachito de Aguascalientes que los hombres apedreaban porque se creía mujer. Un afeminado, pero él no iba a comer de lo que aquel muchachito preparaba, como que le daba repugnancia, así que exigió su buen plato de frijoles con queso, y que se quedara el jovencito pues, pero no en su casa, que se quedara en el jacalito que había a un lado de la iglesia donde los albañiles guardaban sus herramientas y que le pidieran que a él no se le fuera a acercar, no le gustaban los muchachitos como ese. Sin embargo no dejo de sospechar, había algo extraño en aquel mudo. Definitivamente no parecía de la región.
Para terminar con aquella plática don Fermín preguntó.
__Bueno pues, y siquiera saben cómo se llama el muchachito.
__Este,,,ah, mmm…Agripino, si, así, Agripino Ríos __ Contestó doña Delfina intentando que no se notara que acababa de inventarse aquel nombre
__ ¿Y cómo supieron si no oye ni habla?
__ Ah…..es que….sabe escribir su nombre. Nada más eso.
Así  que con permiso del hombre de la casa, se quedó Antonie Dubois en el Remolino.  Las mujeres planearon el siguiente paso para que Silveria se casara con Antonie, que desde ese momento fue llamado como Agripino. Dejarían pasar unos  meses, luego Silveria le diría a su padre que estaba enamorada de él y buscarían la manera de que el padre no se opusiera, ellas sabían cómo, así como conseguían tantas cosas del viejo, a dé y de lata con lo que pedían hasta que lo enfadaba y lo lograban. Eso sí, Doña Delfina le hizo prometer a su hija, que por nada del mundo iba a permitir que ese hombre la volviera a tocar, hasta que no estuvieran casados. Silveria se lo prometió y con dolor de su corazón lo cumplió, aun a sabiendas que el muchacho dormía solo en el jacalito a un lado de la capilla. Silveria lo prometió, pero no así Martina.

El joven se volvió el alma de la casa. Era un sacrificio enorme para el muchacho aparentar su mudez, sin embargo sabiéndose protegido no hablaba cuando había extraños presentes, pero cuando estaban las mujeres solas no paraba de hablar y preguntar, de tal modo que pronto fue aprendiendo español.
En Francia era un chef, un cuisinier especializado en alta cocina cuando fue reclutado por las tropas de Napoleón III. No era un patriota, fue reclutado a la fuerza, el mismo se sorprendería si supiera que había matado a un mexicano, ni siquiera tenía habilidad para cargar su fusil. La herida que tenía en su pierna, se la había hecho su mismo comandante para evitar que huyera al mirar que las tropas mexicanas los estaban diezmando. Para su fortuna, al estar caído una bala destrozo el rostro de su superior y así pudo huir. Corrió, corrió y corrió sin rumbo fijo, por días y días, hasta que ya no  pudo más y se recargo en aquel mezquite donde lo encontró Silveria. Ahora se sentía feliz, estaba en su medio. Contrario a lo que pensaba don Fermín, no tenía nada de afeminado, en Francia había tenido muchas amantes, mujeres aristocráticas, que por su extrema belleza lo buscaban y eso lo hacía tener mucha experiencia en las artes amatorias. Amante al estilo francés.
Las mujeres obligaron a don Fermín a que hiciera un horno en el patio para que “Agripino” les enseñara a hacer pan. El hombre tuvo que sucumbir a una vez más a los ruegos y letanías de su esposa e hijas. Aquello fue una agradable sorpresa. El muchachito, como él lo llamaba hacia un pan delicioso, mejor que el de Aguascalientes, todo un manjar, el mejor pan francés que jamás se hubiera conocido en la comarca, así fue como por primera vez en el Cañón  de Juchipila se hiciera lo que después se conoció como el pan virote. Don Fermín,  que al principio dijo que jamás comería de lo que hacia aquel muchachito, después llegaba a su casa  preguntando que, ¿Qué había hecho de comer “Pino”? EL viejo Horta de inmediato visualizo el negocio y asociado con Agripino, puso la primer panadería en el Remolino, que a la  postre, empezó a surtir las rancherías y el mismo Juchipila.
La fama del panadero se hizo popular muy pronto, sobre todo entre el género femenino. Cuando salía el pan, el patio ya estaba lleno de mujeres que iban por el manjar o como entre ellas mismas se decían, a mirar el pastelito.
Silveria vivía en una completa incomodidad, los celos la mantenían de mal humor y peor porque Agripino le hacía muy poco caso, el prefería la cercanía de Martina. Constantemente la hija mayor le exigía a su madre que era momento de informarle a su padre que se debería de casar con el francés, pero ella le pedía paciencia, máxime cuando le vino el mes y quedo comprobado que no había quedado en cinta después de su aventura.
Por las noches sentía la necesidad de ir a buscarlo, pero  le había prometido a su madre que no lo haría. Pero Martina no había prometido nada y una noche, cuando escuchó que sus hermanas dormían, la menor de las Horta salió sigilosamente del cuarto. Atravesó el llanito terregoso que era la plaza,  paso junto a la cruz de Bernabé y llego hasta el jacal junto a la capilla. Escucho ruidos extraños, pero aun así abrió la puerta de tablón y entro a la estancia. Estaba iluminada por una vela y por esa luz en la semipenumbra miroó aquel cuadro que la dejo helada. Acostadas en el  petate, abrazadas del francés estaban Juanita Arelis y Elvira Luna. Los tres como Dios los había echado al mundo. Una serie de sentimientos contradictorios la acosaron; celos, rabia, vergüenza, desesperación. Los tres amantes voltearon a ver cuando escucharon que se abría la puerta. Las mujeres se asustaron y quisieron protegerse con algo, el francés sonrió. Martina quiso salir corriendo rumbo a su casa, pero su faldón se atoro en una astilla  del tablón y no pudo huir. Se agacho para zafar la tela, cuando sintió que la abrazaban. Se incorporó y quiso defenderse, pero empezó a sentir aquellos besos tan deseados que dejo de poner resistencia. Escucho como las otras mujeres empezaron a reír,  luego sintió que ellas la tomaban de las manos y sin que se resistiera la condujeron al petate. Al amanecer estaba convertida en toda una mujer.
Antes de que clareara el día regreso a su cuarto. Sus hermanas ya estaban levantadas para empezar a moler el nixtamal en los metates. Silveria miró con recelo a su hermana menor.
__ ¿De dónde vienes? __ Preguntó con rabia.
__ Pos de donde ha de ser, del corral. Estaba haciendo del cuerpo. Me hizo daño la cena.
__ Mientes. Vienes del jacal de la iglesia.
__ ¿Y…?
Eso fue suficiente para que Silveria sacara su rabia acumulada. Se abalanzó sobre su hermana y la jaló del pelo para intentar tumbarla y golpearla, pero la otra mujer no estaba dispuesta a ser sometida y se defendió de igual manera. La algarabía se hizo grande. Martina se soltó y corrió fuera del cuarto, luego fuera de la casa y llego hasta la mitad del terreno baldío que llamaban la plaza, frente a la cruz y ahí fue alcanzada por su hermana. Nuevamente la jalo del pelo y ahora si cayó. La trifulca se hizo grande. Juanita Arelis y Elvira Luna que acababan de salir del jacal reían a carcajadas. Las otras hermanas Horta intentaban de separar a las rijosas. Anastasio Haro y su familia que iban rumbo a Juchipila, se arrimaron a ver el mitote. Los tempraneros que iban a sus labores e iban por el camino real también se acercaron. Hasta El Remolino de los Luna se escuchó el griterío y corrieron los que ya estaban levantados  a ver qué pasaba. Cuando don Fermín Horta y su esposa salieron de su casa, también extrañados por el trajín y llegaron separando a sus hijas, ya había un par de decenas de personas mirando el espectáculo.
__ ¡Pos que Jijos de la jijurria está pasando aquí!  ¡Se me aplacan o las aplaco!
Las hermanas se separaron ante la imperiosa orden paternal y se quedaron viendo con odio.
__! Dije que quiero saber que pasa!
__ ¡Esta! __ Respondió Silveria __ Que me quiere robar mi novio
__ ¡Jajá! ¡Él no es tu novio!
__ ¡Si es mi novio, y le pido permiso padre para casarme con él!
 __ ¡Pues no puedes casarte con él porque yo estoy embarazada! ¡Usted ha de perdonar padre, pero estoy embarazada! ¡El papá es Agripino!
El viejo Horta sintió que un temblor lo agarro en todo el cuerpo. Sintió que la cara se le caía de vergüenza. De reojo miro alrededor y se vio muy acompañado. Escucho los murmullos desaprobatorios de la muchedumbre. De repente la vergüenza se le convirtió en rabia. De haberse puesto pálido, su rostro adquirió un rojo  intenso.
__ ¡Anastasio Haro! __ Ordeno fúrico __ ¡Hazme el favor de prestarme tu machete! ¡Voy a capar a un hijo de la chingada malagradecido!
__ Como no don Fermín, aquí está mi machete y haga lo que tiene que hacer.
__ ¡No papá!
__ ¡No Fermín!
__ ¡Chinguelo don Fermín!
__ ¡No se crea padre, no es cierto, nomás estuve anoche con él, pero no estoy embarazada! ¡Pregúntele a María Arelis y a Elvira Luna, las tres estuvimos con el haciendo el amor, pero no estoy embarazada!
Las mencionadas, que miraban el espectáculo divertidas, al ser descubiertas palidecieron, ahí estaban los Lunas, y un tío de María, así que estas sin decir más corrieron despavoridas a sus respectivas casas.
__ ¡Mendiga puerca! ¡Y no te da vergüenza confesarlo! ¡Este maldito mudo se muere ahorita mismo!
__ ¡No está mudo, es francés, por eso no habla….Fermín, Fermín!
Era tanta la rabia del hombre que no midió consecuencias. Se fue sobre el jacal junto a la iglesia y pateó la puerta de tablones. Entro a la estancia, levanto el machete, grito un par de maldiciones y luego guardo silencio. El jacal estaba vacío.
El francés, desde que vio que las hermanas se trenzaron a golpes en la plaza, comprendió que su estadía ahí ya no sería segura. Sabía que los mexicanos eran barbaros y cuidadosos del honor. En Juchipila le había tocado ver una vez, cuando fue a entregar un pedido de pan, como dos borrachos agarrados de una tela se dieron de puñaladas y nadie hacia nada por detenerlos. Eso solo lo hace un pueblo salvaje, así que se imaginó de inmediato que el viejo Horta le iba a reclamar de mala manera. Tal vez a él pudiera convencerlo de su inocencia, pero eso nunca lo lograría con Reginaldo, mucho más joven y más bárbaro. Así que sin que nadie se diera cuenta, salió del jacal, se metió entre la huizachera y una vez que entendió que nadie escucharía su carrera salió disparado con rumbo a la sierra, a cualquier lugar, lejos de aquellas personas incivilizadas. Después se supo que llegó a un jacalerío que llamaban el Jaral y ahí lo escondieron unas mujeres por mucho tiempo. Ahí también hizo de las suyas, lo mismo en El Paso y el Ranchito. Finalmente también tuvo que huir de esos lugares cuando algunas mujeres salieron con su domingo siete y nunca más se supo de él.
Don Fermín vino a desquitar su rabia con sus hijas, las golpeó hasta que se le cansaron los brazos, a las cuatro, porque cuando supo que Silveria también había sucumbido a los encantos del maldito aquel, supuso que sus otras hijas también y por si o por no, a las cuatro les dio el mismo castigo. El pobre hombre no volvió a salir de su casa por la vergüenza. Se le vino la edad encima y antes de un año murió víctima de la depresión y vergüenza. Fue sepultado precisamente en donde estaba el jacal donde su hija fue ultrajada y el quemo aquel mismo día. Ahí quedo el primero de los Horta, a un lado de la capilla del Remolino.

Martina, que le había dicho a su padre al tanteo que estaba embarazada, resulta que su pronóstico le resulto verdadero. Lo mismo les sucedió a Elvira Luna y a María Arelis. Casi al mismo tiempo parieron las tres mujeres. Elvira tuvo un varón, ella era hija Gumaro, aquel hombre que le faltaba una mano porque se la había cortado Anastasio Haro. El pobre hombre con mucha vergüenza fue a registrar aquel chamaquito tan hermoso de pelo rubio y de ojos azules. Le puso José María Luna, como su tío. El primero de los Luna con ojos azules.
 Martina tuvo una niña, fue doña Delfina quien fuera a registrarla, ella la bautizaron con el nombre de Elisabeth Dubois Horta. Solo ella y sus hijas sabían el verdadero nombre del francés.  Esta niña, cuando creció se casó un un José Rodríguez, de Jalpa, descendiente de Diego Rodríguez, pero solo de apellido, pues él era sangre directa de Macaco y Mapila, aunque eso ni lo imaginaba. Vivieron en el Remolino y a la postre son los antepasado de ese hombre tan famoso y querido  que fue conocido como Lupe, Lupe el Pichilingue (ya pronto contaremos su historia)
 Por último, María Arelis tuvo un hijo. Ella misma fue a registrarlo porque sus padres la corrieron a la casa. Ella lo registró con el nombre de quien fue su progenitor, o al menos como ella lo conocía, Agripino Ríos Arelis. Este niño creció viviendo al lado de borrachos y prostitutas, pues su madre no tuvo más remedio que vender su cuerpo al mejor postor para poder mantenerlo, sus padres nunca la perdonaron. Nadie podía imaginar cual era el destino de Agripino, y mucho menos que un día tuviera una hija, que fue una desnaturalizada.
Esta es la historia del borracho Agripino y la perra de su hija, Florentina Ríos.


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