sábado, 15 de marzo de 2014

CAPITULO XXX, AMORES Y DESAMORES DE FLORENTINA.


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El capitán Esparza, era  un hombre orgulloso, valiente y muy apegado a su oficio de rural, tanto que muchas veces llego a la crueldad, aduciendo que solo cumplía con su deber. En esa época, la policía rural del general Porfirio Díaz fue un verdadero terror para la población, pero más que nada para la delincuencia.
México, antes que Porfirio Díaz llegara al poder, era una nación prácticamente ingobernable. Por el hecho de haber vivido tantas guerras contra otras naciones que querían apropiarse del territorio mexicano, y tantas luchas internas por el poder, no había organización política ni social y cada estado se gobernaba como mejor le parecía. Eso lo aprovechaban los maleantes y en muchas partes de la Republica había gavillas de facinerosos que tenían asolada a la población civil, principalmente en las áreas alejadas de las ciudades. Esa fue una de las causas por las que fue creada la policía rural, para pacificar y darle tranquilidad al campo mexicano.
Durante toda la dictadura porfirista, esta famosa policía rural, se dio a la tarea de hacer “Justicia” en el campo, pero lo hacían de tal manera que se convirtieron en seres temidos y odiados, pues solo tenían dos castigos, la muerte o la esclavitud en haciendas de amigos del presidente, las más famosas fueron Valle Nacional y los henequenales de Yucatán. En cierta manera ese plan de Díaz tuvo éxito, “Muerte a los delincuentes” prácticamente dejo de haber delincuencia, aunque se llegó al abuso, porque muchas veces se llevaron a inocentes y eso poco a poco cansó al pueblo y fue una de las causas que naciera la revolución.
El capitán Esparza era originario del Municipio de Tabasco, Zacatecas. Muy valiente y enamorado, tuvo hijos en muchas partes de la región. Se casó siete veces sin estar divorciado de ninguna esposa y convivió con todas ellas, pues su lema era “Yo nunca voy a dejar a una esposa abandonada por irme con otra mujer”. Ni el mismo supo cuántos hijos tuvo. Con Enedina Medrano, de Tabasco, tuvo cuatro hijos, uno de ellos llamado Eduardo, mejor conocido como Eduardo Esparza, el talabartero.

Otro que también tuvo muchos hijos, fue Reginaldo Horta. Se casó con Amalia López y de ahí nacieron tres mujeres y un varón, enviudo y se casó con Emérita Martínez, donde tuvo 14 hijas, una de ellas Antonina Horta y tres hijos, Asunción, Félix y Roque.  Asunción (Chon)  se casó con Tomasita Haro y tuvieron una familia muy numerosa, entre ellos Arcadio y Agapita. Arcadio  tuvo a un hijo de nombre Jesús Horta y Agapita tuvo un hijo de nombre Manuel Rodarte, ambos, los carniceros más famosos del Remolino, pero no adelantemos hechos, ellos nacieron, ya cuando estaban las higueras.

Petra Lujano quedo completamente sola cuando se llevaron a Agripino y a María prisioneros. Doña Narcisa Duran, la partera en aquel entonces, fue quien la ayudo a parir. Nació una niña. Muy hermosa, de piel blanca, muy parecida a su abuelo Antonie, solamente que con los ojos negros como los de su madre. Cuando la llevaron a registrar, le pusieron como nombre Florentina Ríos Lujano.
Florentina vivió en una situación difícil. Su madre no sabía hacer otra cosa más que prostituirse. Metía a los hombres a su jacal. El Remolino crecía,  y junto con él la clientela. La gente  señalaba  a Petra, como  una mala mujer.
Florentina creció y  se convirtió en una de las mujeres más hermosas de la comarca. Los hombres la asediaban con promesas de dinero, todos creían que era como su madre, pero Petra siempre la cuidó y aconsejó para que fuera una mujer decente, no una "puta" como ella.
De una ranchería llamada Los Barrios, al otro lado del rio frente a Juchipila, llegó Asunción Quintero con su familia y se instalaron  cerca de la plaza.
Su mujer era Peregrina Estrada. Llegaron de recién casados a trabajar en las plantaciones de cañas. En Remolino nacieron sus cuatro  hijos, Antonio, Bacilio, Martin y Francisca. Ahí crecieron libres y salvajes, los varones trabajando desde los cinco años en el cuamil de su padre o en los cañaverales de la hacienda. Cuando crecieron se convirtieron en unos mocetones de casi dos metros de altura, que vestidos de manta, eran el atractivo mayor cuando le danzaban a la Santa Cruz el día tres de mayo.
Los tres muchachos Quintero eran quien punteaba aquel folklor. Martin era el capitán de la danza y sus otros dos hermanos los que le seguían. No se cansaban nunca, danzaban son tras son con mucha devoción y amor a la Santa Cruz.
Fue precisamente un tres de mayo, que Florentina Ríos se fijara en lo bonito que bailaba Martin. 
El señor cura, Pedro Crisólogo de García, fue quien instauró   la costumbre de las procesiones para la santa Cruz y él fue quien dividió el rancho en Barrios para poder señalar en donde deberían de ir quedando la cruz como una santa peregrina. Dijo este santo varón, el padre Pedro Crisólogo, que todos los jacales que se estaban al norte del arroyo de Amoxochitl, estarían en el barrio arriba, los jacales entre ese  arroyo y el arroyo que bajaba del Ranchito, será el barrio de en medio, y los del sur del arroyo del Ranchito, el barrio de abajo. Que se harían procesiones de sur a norte y luego de norte a sur hasta terminar en la capilla. A la gente le encantaba aquel recorrido. Fue este mismo padre quien empezó a ordenar como una penitencia, ir de rodillas durante las peregrinaciones, para extirpar los pecados de la carne. Decenas de personas avecinadas en Remolino y de otras rancherías, se les veía en la madrugada y tarde del tres de mayo, caminar hincados rezando y llorando pagando sus pecados, con las rodillas sangrando, dejando pedazos de piel en la tierra endurecida del Remolino.

Aquella madrugada que Florentina se fijara en Martin, ella iba de rodillas. La danza llegó  hasta el templete donde estaba la cruz, pero los penitentes tenían que seguir con su sacrificio  hasta las puertas de la capilla. Los danzantes saltaban al son de un violín. De repente Martin quedo danzando precisamente frente al rostro de Florentina. El lugar era alumbrado con teas de ocote y con una gran fogata alimentado con leña de mezquite. El calzón de manta se transparento por el hecho de  quedar a contra luz. Florentina sintió un extraño estremecimiento al contemplar nítidamente los genitales del danzante. Se veían casi como si estuviera desnudo, moviéndose al ritmo de la danza. Quedo como hipnotizada ante aquel espectáculo. De repente el danzante dio un salto y salió de su vista. Otro hombre quedo frente a ella en la misma posición y condición. Que diferentes. Antonio aunque era hermano de Martin, demostraba algo muy mínimo en comparación al primero. Florentina no sintió el estremecimiento, al contrario, sintió un poco de lastimas por aquel gigantón.
Cuando termino la misa, ya el sol clareaba en el horizonte. Bajo un huizache estaban los danzantes tomando agua y riendo alegremente. Florentina se despegó del grupo de muchachas con las que iba, aduciendo que iba a comprar una charrasca. Pasó junto al grupo de jóvenes, vestidos en calzón de manta, con huaraches nuevos y aquellos bonetes de plumas que los hacían lucir tan coloridos. Los tres hermanos Quintero se le quedaron viendo. Ella los saludó con una sonrisa, pero solo Antonio le correspondió, los otros dos agacharon la cabeza. Cuando pasó,  fue Bacilio  quien dijo:
__ Viste Toño, te echo una sonrisa
__ Si pues, si pues…es la más chula de todas
__ Yo que tú __Agregó Martin__ en la noche le doy una flor perfumada. Pa que sepa que estas bien enamorado de ella hermano.
__ Ey… eso voy a hacer.
La plática se interrumpió porque escucharon que la gente gritaba asustada. Corrieron a ver qué pasaba, para darse cuenta que los viejitos, Anastasio Haro y Gumaro Luna, eran los últimos peregrinos que llegaban a la capilla después de haber hecho el recorrido de rodillas. Gumaro no alcanzó a llegar y se había desmayado casi a las puertas de la iglesia. Por más que sus familiares les habían rogado que no lo hicieran, ellos se habían encaprichado y con mucho esfuerzo habían hecho el recorrido, todo en honor a la santa niña Crucita. Fue la última vez que se escuchó hablar de ella, pues una semana después murió Gumaro y a los diez días también Anastasio fue sepultado, ahí, junto al templete donde reposaba su hija.
El tres de mayo, los danzantes terminaban su jornada luego que se metía el sol, entonces solo se quitaban el bonete y se iban a gozar de la feria. La gente había aprendió a hacer negocio y sobre manteles de manta ponían pilas de guámara, pilas de cacahuates tostados, los cuales sabían muy sabrosos con un pedazo de charrasca, había tamalitos de cachaza, pan de huevo y para los que querían embriagarse, jarritos con alcohol de caña. Una señora de Juchipila, ensenó a las muchachas Villarreal a hacer flores de papel y cascarones de huevo rellenos con confeti. Durante todo el año se dedicaban a hacer esta artesanía, pues no solo vendían en Remolino, sino que seguían la serie de fiestas que se seguía haciendo en la comarca. Valían a tres flores por un centavo o un centavo si la querían perfumada. Las flores sin perfume se le podía regalar a cualquier muchacha, era un coqueteo, pero las perfumadas indicaban algo más, eran casi como una declaración de noviazgo.
Florentina Ríos, caminaba alrededor de la polvorienta plaza, acompañada por Matías Legaspi y Mariana Borruel. Reían felices porque Marcelino Munguía le había dado una flor a Mariana y ella iba renegando porque no había sido perfumada. Los muchachos Quintero estaban en una esquina de la plaza. Cada uno tenía una flor en la mano. Florentina se emocionó al mirar a Martin. Si solo tenían una, quería decir que eran de las perfumadas. Grande fue su sorpresa al mirar que delante de ellas iban las nietas de Reginaldo Horta y que Martin y Bacilio  se despegaron del grupo para acercarse a ellas. Le dieron sendas flores a Leandra y a Antonina. Ellas las recibieron y siguieron caminando riendo muy contentas. Florentina sintió una especie de coraje al contemplar a las coquetas. En eso estaba cuando miró de repente a Antonio parado frente a ella.
__ Florentina __ le dijo muy nervioso __Hágame el favor de recibir esta flor. Hágame el favor también de llevársela a la Santa Cruz. Florentina inconscientemente tomo el obsequio. Antonio se hizo a un lado para permitir que las muchachas siguieran caminando.
__Mira, esta perfumada __ Dijo Matías riendo emocionada, haciéndole notar la característica de la flor __ ¿Se la vas a regresar?
Dentro de la costumbre estaba, que luego de dar una vuelta a la plaza, si le regresabas la flor a quien te la diera, era una señal de rechazo, en cambio,  si se quedaban con ella y luego se ponía en el templete de la cruz, era prácticamente un si, como si hubiera sido una declaratoria de noviazgo.
__¡Pues si! __ Respondió Florentina __ Yo para que quiero esta flor.
Al dar la vuelta, con gusto miró cuando las muchachas Horta le regresaban sus flores a Martin y a Bacilio. Los miró hacer una rabieta. Mas coraje les dió, cuando vieron que Apolinar López se acercaba a Antonina Horta y  ella aceptaba una flor, la cual olía emocionada y luego la apretaba en su pecho.  Entonces Florentina pensó en un juego cruel, ella no iba a rechazar a Antonio, para ver si lograba que Martin se fijara en ella. Cuando paso junto a ellos dijo mientras miraba fijamente a Martin.
__  Gracias por la flor Toño. Yo no soy como las otras que no saben cuándo algo está muy bueno. Esta florecita se la voy a poner a la Santa Crucita.
Luego le dijo directamente a Martin.__ Yo no le regreso a nadie la flor…menso.
Las muchachas siguieron su camino, entonces Antonio lanzo un grito de emoción y abrazando a sus hermanos los llevo a tomarse un jarrito de alcohol con café, para celebrar que ellos seguían sin novia y él… él tenía a la más hermosas de todas.
Desde ese día, los muchachos Quintero, se la pasaban todas las noches rondando el jacal de Petra Lujano, buscando la manera de que Antonio pudiera platicar un ratito con la novia. A pesar de ser lo que era, Petra era muy celosa. Sabía por experiencia propia que los hombres traían muchas desgracias. A lo largo de su vida se había enamorado muchas veces, pero ningún hombre la tomaba en serio. Era una prostituta envejecida por esa labor precisamente y estaba amargada. Sin embargo la muchacha se daba sus manías, y buscaba la manera de charlar con el novio, aunque siempre las pláticas rondaban alrededor de la vida de Martin. Ella preguntaba que como había aprendido a danzar, que si cuanta caña cortaba, que cuanta podía, que había comido, en fin, todo lo que se refiriera a Martin. Antonio lo tomaba como muy natural, platicaban de Martin porque él también lo admiraba, era el más fuerte de todos. Florentina ponía todo su esfuerzo por querer a Antonio, pero un día se dio cuenta que a quien amaba con todas sus fuerzas, era a su hermano Martin. Lo comprobó el día que los rurales se lo llevaron.
Un domingo por la mañana hubo un pleito muy sangriento en el mercado de Juchipila. Dos rivales se encontraron, uno era de Moyahua, el otro de Juchipila. Lo curioso es que no se disputaban mujer alguna, los dos discutían sobre cual Santo Santiago era más milagroso, si el de Moyahua, o el de Juchipila. Los dos enumeraban milagros de cada pueblo, la cantidad de gente que iba a verlo, la cantidad de pólvora que se quemaba. En una de esas dijo el Moyahuense.
__ ¡Que tan bueno ha de ser su Santiago de ustedes, si ya hasta la Santa Cruz del Remolino es más milagrosa, ya la gente la quiere más y su fiesta es más bonita que la de Juchipila!
Aquello enardeció al Juchipilense y desenfundó su machete.
__ ¡Busque con que defenderse amigo! ¡Aquí se va a morir!
El de Moyahua corrió a uno de los puestos donde vendían machetes y de ahí alcanzo a agarrar uno y con el inició su defensa y luego atacó al contrincante. La lucha duró muchos minutos, ambos eran bravos y de buen pelear. Tumbaron los puestos, quebraron loza, hicieron correr a los comensales de los puestos de birria y menudo, pisotearon las frutas y verduras que sobre una manta ofrecía la gente, hasta que el juchipilence, llegara a donde estaba un tendido de frijol tirado y al pisar la pila de ese grano resbaloso, perdió el equilibrio y eso no lo desaprovecho el de Moyahua y con un golpe certero arrancó de cuajo la cabeza de su rival. Luego de aquello agarró el primer caballo que tuvo a la mano y a todo galope salió con rumbo al sur.
Los rurales llegaron abriéndose paso entre el gentío que miraban el cuerpo sin cabeza.
__ ¡Que paso aquí! __ Preguntaban
Las respuestas se escucharon de múltiples bocas.
__ ¡…Era uno muy alto! …
__ ¡…Que la del Remolino es la mejor…!
__ ¡…Bueno pal machete…!
Los rurales sacaron sus conclusiones, alguien alto del Remolino y bueno pal machete. Seguramente uno que andaba en la zafra. En la zafra andaban los tres hermanos Quintero.
Cinco rurales llegaron a donde iba el corte de caña. La gente los miró con miedo, ellos no llegaban a ningún lugar sin un objetivo. Ordenaran que todos dejaran de trabajar y se pararan en fila. De los cuarenta cortadores de caña los muchachos Quintero sobresalían, sobre todo Martin.
__ Ese mi capitán, mírelo. Se ve que está asustado.
__Bueno, pues lácenlo, si quiere correr denle un balazo.
Un rural se puso tras la fila de trabajadores y otro al frente, los dos con las chavindas en la mano. Nadie se imaginaba que su objetivo era Martin. De repente este sintió como caía una cuerda apretando su cuerpo, luego el que estaba frente a él, lanzaba su cuerda y también lo aprisionaba. Jalaron las chavindas, quedo atado.
__ ¿Qué pasa mi capitán? __Se atrevió a preguntar el que fungía como mayordomo de los cortadores.
__ Este hombre acaba de matar a un cristiano en Juchipila.
__ ¿Cuándo? Si andamos aquí desde en la madrugada cortando caña.
__ ¿Lo está encubriendo amigo? Dígame que no es cierto para llevármelo también a usted. Nomás vuelva a repetir que aquí anda desde la madrugada para llevármelo a usted como alcahuete. Mejor dígame que acaba de llegar y se puso a cortar caña para disimular que venía de Juchipila. Dígame mejor eso amigo, yo sé lo que le digo.
El mayordomo palideció. Sabía que estaba en un problema muy grande.
__ No mi capitán, pos yo no sé, es tanta la gente que traigo que a lo mejor se metió y ni cuenta me di…si eso ha de haber sido. Ha de dispensar.
Luego de aquello el capitán hizo una seña y los dos jinetes que tenían amarrado a Martin se pusieron a la par y empezaron a jalarlo con rumbo a Juchipila. Antonio corrió a preguntarle al capitán.
__ Oiga, es mi hermano. ¿Pa Donde lo llevan?
__ Así que tu hermano. Lo llevamos prisionero y lo más seguro es que no lo vuelvas a ver.
__ ¿Pero prisionero por qué?
__ No tengo por qué darte explicaciones __ Y diciendo esto, saco el pie del estribo y sin más le dio un punta pie en la frente que lo dejo desmayado.
Todos los cortadores de caña se quedaron viendo sin hacer nada. Hasta que desaparecieron de la vista fue que corrieron a auxiliar al desmayado. Atenójenes Rubalcaba le comento a Apolinar López.
__ Martin ya no regresa nunca, ya ves como son estos hijos de la chingada. Voy que un día de estos me consigo un máuser y me pongo a tumbar cabrones.
__ Ni le buigas Atenójenes, ni le buigas, no te vayan a oír.
Efectivamente, Martin nunca volvió, ni siquiera se supo que fue de él, si lo colgaron o se lo llevaron prisionero, lo único que supieron fue que llego a Juchipila, ahí “alguien” lo identifico como el asesino del mercado y otro día se lo llevaron los rurales con rumbo desconocido.
Florentina fue quien más lo lloró. Resignada luego de seis meses que se lo llevaran, una noche accedió a lo que le pedía Antonio, que se casara con él. Florentina en cierta manera veía a Martin en Antonio, igual de altos, igual de guapos, igual de fuertes, aunque, diferentes en el tamaño de su hombría, pero qué más daba, se casaría con Antonio, para imaginarse que se casaba con Martin.
Petra Lujano aceptó aquel matrimonio porque sentía que así dejaba de responsabilizarse de su hija, la entregaba de blanco a un hombre muy bueno y trabajador. De esa manera, su hija Florentina si sería una mujer decente. Petra no se imaginaba que equivocada estaba, pues pronto iba a llegar un hombre que iba a terminar con su tranquilidad y la tranquilidad de su hija. Un hombre que llego junto con  las higueras del Remolino. Un hombre al que apodaban el machete por el tamaño de su virilidad. Un hombre que jamás debió de haber llegado al Remolino, ésta es su historia.
FRANCISCO RODRÍGUEZ LÓPEZ
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