domingo, 27 de julio de 2014

CAPITULO XXXIV, LOS PRIMEROS COLGADOS, BROTES DE LA NACIENTE REVOLUCIÓN.

El descontento general se olía en México entero. Don Porfirio Días desde la silla presidencial regalaba las riquezas nacionales. Daba concesiones a los extranjeros para que explotaran las minas, los bosques, el petróleo, el ferrocarril, los textiles. En el rubro agrícola, todo el territorio nacional estaba repartido entre unas cuantas familias, siendo dueñas de haciendas de millones de hectáreas. En lugares alejados y de difícil acceso, como el Valle de Mexicali, le dio la concesión a compañías americanas para que explotaran esos suelos y aprovecharan las aguas del rio Colorado.
 No eran permitidas las protestas por parte de los trabajadores, con la popular frase presidencial, cuando le daban  alguna queja de posible revuelta “MÁTENLOS EN CALIENTE” resolvía todos los problemas. La sociedad mexicana empobrecida, estaba completamente domada, por eso el gobierno hacia lo que quería.
 En Juchipila el caciquismo era muy notorio. Por ser una región en donde no existían grandes extensiones de tierras de regadío, se sembraban las laderas de los cerros, al tercio, dos tercios para el dueño, y uno para el que lo sembraba. En el plan, en las pocas tierras de regadío, desde Apozol hasta Guadalajarita se plantaba caña para la fabricación de piloncillo y azúcar.
 En Remolino se sembraba todo el cerro de las ventanas, en lo alto, las laderas frente a El Remolino, en la parte de atrás. Todo era de un tal licenciado Delgadillo.
 Desde tiempos de la colonia, en lo que se conocía como el charco azul, un recodo del rio de aguas profundas y tan limpias que se miraban azules, en tiempo de secas se hacía una represa que elevaba el nivel del líquido y hacia que corriera por las acequias llevando agua a las tierras bajas de El Remolino, Contitlán y Guadalajarita. En esa labor trabajaban cientos de campesinos recibiendo 16 centavos por jornada, o una cuartilla de maíz. Pobre de aquel peón que se revelara, de inmediato llamaban a la acordada y eran llevados a la cárcel de Juchipila, si tenían suerte en una semana salían, pero si no, eran llevados de leva al ejército o en el peor de los casos, a Valle Nacional o a los henequenales de Yucatán.
 En esa  pobreza creció Casimira Quintero, abandonada por sus progenitores, viviendo de limosna. Nunca aprendió a leer y a escribir porque la educación era exclusiva para la gente adinerada. Creció salvaje, como todos sus contemporáneos, siempre acompañada por su prima Juanita Quintero, hija de su tío Basilio y por Camilo Pérez que era su vecino. En tiempo de secas Vivian en El Remolino, pero en tiempo de aguas su destino era incierto, Vivian donde conseguían tierra para sembrar, con suerte en El Remolino, pero si no en el Tepetate, en La Boquilla del Rio, en la Mesa del Huaje, o lugares tan lejos como Huajotitán o El platanar.
 En 1908, Casimira de ocho de edad, recordaría muchos años después cuando vio como colgaban a tres hombres en un mezquite que está en las faldas del cerro de las ventanas. La habían rentado como sembradora a don Fidencio Villarreal por una gallina echada con quince huevos, porque su hijo Juan, quien era su sembrador, no se podía levantar del petate, presa de “los fríos” (Paludismo)
 Desde las seis de la mañana empezaba la labor y terminaba hasta que oscurecía. Don Fidencio con un talache hacia un hoyo en aquella ladera de piedra y tierra, luego Casimira ponía en el hoyo dos o tres  semillas de maíz, de vez en cuando también una de calabaza o de frijol, luego con su piecito calzado de huarache tapaba aquel hoyo. La labor se detenía cuando iban a tomar agua hasta el huizache donde colgaban el huaje, o bien, cuando Fidencio, con su potente voz, cantaba una o dos estrofas de alguna canción ranchera, que era respondida por el eco de la montaña y por decenas de gritos de sus compañeros cuamileros, que un poco alejados, le respondían con otras canciones.
 Un día, estaban en la labor cuando escucharon las pisadas de varios caballos acercarse a ellos. Levantaron la vista y miraron media docena de rurales en sendos caballos, tras ellos, a pie, atados de las manos y jalados a cabeza de silla iban tres hombres. Muy golpeados, apenas podían caminar.  Se detuvieron junto al labriego y el que al parecer comandaba el grupo dijo.
__Oiga amigo ¿Le  molestaría si colgamos a estos cabrestos de ese mezquite? Los llevábamos al panteón, pero venimos pensando que no sería bueno enterrarlos luego, luego. Es mejor que se queden unos días colgados para escarmiento de los que se quieran meter a revoltosos.
__ No, no señor, como usted diga y mande __Con mucho miedo respondió Fidencio sin atreverse a mirar a los prisioneros fijamente.
__Bueno pues, vente para que nos ayudes, luego te vas a encargar también de enterrarlos. O a menos que quieras tener la hediondera aquí.
Al hombre no le quedo de otra más que obedecer. Dejo caer su talache, se limpió el sudor y le ordenó a Casimira.
__Aquí quédese mi niña, no vaya a mirar.
Como si le hubiera dicho vengase, Casimira se fue tras ellos. No  caminaron  mucho, pronto llegaron hasta el mezquitón que frondoso lucia tres ramas perfectas para el plan de los rurales.
__Se escuchan muchos talaches por ahí__ Dijo el jefe de la acordada, luego le ordenó al cuamilero __llama a todos los que anden por aquí cerca, quiero que vean este escarmiento.
Fidencio obedeció, lanzo un chiflido largo que era la señal que algo estaba pasando y necesitaba auxilio, luego gritó llamando a los campesinos que lo escuchaban. Presurosos aparecieron algunos. Al mirar a los rurales se quisieron regresar, pero comprendieron que era mejor seguir y esperar que no fuera nada en contra de ellos. Así temerosos se reunieron unos quince cuamileros adultos y sus respectivos sembradores. Una vez que estuvieron ahí, el jefe de los rurales les habló.
__Miren, ven estos piojosos, pues los vamos a colgar. Andan de revoltosos diciendo una sarta de mentiras y hablando del supremo gobierno y de nuestro presidente de la  Republica. Por eso se van a morir. Quiero que le platiquen a la demás gente que es lo que pasa con los habladores.
 Los campesinos estaban súpitos. A pesar de lo hinchado que tenían el rostro los  prisioneros por la golpiza que les habían propinado, los habían reconocido, uno era de los Robles de Juchipila,  otro, un hijo de Ambrosio Haro, de El Remolino, el otro, era alguien a quien llamaban el profesor. Decían que aquel muchacho había llegado a Juchipila para dar clases particulares a los hijos de los ricos, pero que un día, renuncio a ese trabajo y se fue por el campo enseñando a los hijos de los campesinos, que les hablaba de la libertad, de la tiranía de don Porfirio, que en Veracruz había habido una huelga y que lo mismo se podía hacer en los trapiches, no trabajar hasta que se les pagara un sueldo justo. A los cuamileros les decía que la cosecha no se debería de repartir, que era total para quien trabajaba la tierra. Su voz poco a poco fue alimentando conciencias y un día lo empezaron a seguir varios jóvenes inspirados por sus palabras. Desgraciadamente, aquella mañana, el dueño del trapiche del Ahualulco había llamado a la acordada porque los trabajadores se negaban a trabajar, pues pedían que de veinte centavos que ganaban al día, le subieran mínimo al tostón. Que los del brete era uno de los Haro del Remolino, uno de los Robles y el mentado profesor. Cuando llegaron los rurales no tuvieron tiempo de huir.  
__Por eso los vamos a colgar, para escarmiento de los demás __Seguía diciendo el rural __ ¿Alguien se opone?
Nadie respondía nada. Era mucho el temor, eran campesinos domados por el miedo. De alguna manera todos tenían parentesco con el joven Haro y no había manera de defenderlo.
__Bueno, pues esto es para que aprendan que el que se porta mal, se muere.
__ ¡Asesino! ¡Cobarde! __ Se escucharon aquellos gritos y el rural volteo rabioso para mirar al que los expresaba. Era el llamado profesor, que sabiendo que estaba a punto de morir, se defendía con lo único que lo había hecho siempre, con su palabra y la razón __ ¡Hermanos campesinos! ¡Luchen por lo que es suyo! ¡La tierra en donde trabajan! ¡No sean esclavos de los ricos! ¡Tenemos derecho a que la tierra sea nuestra! ¡El gobierno es un tirano! ¡Muera don Porfirio!
No alcanzo a decir más, porque un puntapié en el estómago lo hizo caer sofocado, pero al ver al profesor caído, los otros dos muchachos también empezaron a gritar.
__ ¡Ya no nos dejemos, el trapiche es nuestro, y la caña también!
__! Mueran los rurales, asesinos de don Porfirio!
__ ¡Vivan los hermanos Flores Magón!
__ ¡Mueran los rurales y todos las ratas del gobierno!
Al momento el jefe de los rurales dio la orden para que tiraran sogas a las ramas del mezquite. Luego, haciendo una lazada la colocaron en el cuello de los jóvenes y a cabeza de silla les dieron un jalón para que quedaran colgados, pero antes de que al muchacho de los Haro lo colgaran les grito.
__ ¡Díganle a mi padre que muero libre! ¡Que es mejor muerto con orgullo, que de hambre y arrodillado! ¡Que no me arrepiento y a mis hermanos les digo que sigan mi lucha, que vayan con…Aghh! __Ya no termino su frase porque la cuerda tensa se lo impidió.
Casimira, Nieves Horta, María Gómez, Eleuterio Horta, Camilo Pérez y otros niños que también eran sembradores,  miraron horrorizados como los cuerpos se movían presa de la agonía. Por mucho tiempo Casimira tuvo pesadillas cuando recordaba aquellos ojos abiertos y como de aquellas bocas abiertas salían las lenguas y un quejido largo y doloroso.
 Los cuerpos no amanecieron colgados del mezquite. Por la noche, Ambrosio Haro, acompañado de sus otros hijos y de algunos parientes, fueron, los descolgaron y los sepultaron ahí mismo, al pie del mezquite, luego volvió a su casa, encargó sus animales y con el resto de su familia se fueron para Guadalajara. Ya no se volvió a saber de ellos sino hasta 1914 cuando volvieron hechos villistas, uno de ellos era coronel. Volvieron luego de la toma de Zacatecas, cuando Villa y sus tropas se dirigían a la perla tapatía, para luego a la ciudad de México. Volvieron fuertes y prepotentes como eran los rurales en épocas pasadas, volvieron humillando a la gente pobre y quitándoles el maíz y sus animales para alimentar la tropa, volvieron convertidos en lo que ellos mismos habían repudiado. En esa misma revuelta también volvió Florentina Ríos, convertida en una soldadera, fue ahí cuando la conoció Casimira Quintero. Pero esa ya es otra historia.

1 comentario:

  1. EXCELENTE!!!!!!!!
    MIS PAPAS ERAN DEL REMOLINO!!
    FRANCISCO OCAMPO GUTIERREZ Y MA. CONCEPCIÓN GOMEZ MUNGUIA

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