domingo, 24 de agosto de 2014

CAPITULO XXXV, EL TRISTE FINAL DE EL MACHETE.

Don Crispín Robles cerró su tienda de abarrotes, ‘EL NUEVO MUNDO’ en Juchipila, cuando escuchó a sus espaldas.
__ ¡Date por preso Crispín Robles! ¡No intentes escapar porque te quebramos!
El hombre suspiro hondo, con tranquilidad hizo una seña a los rurales que le apuntaban sus rifles indicándoles que se rendía y lentamente levantó sus manos. Desde el mismo momento que Porfirio Díaz no respetó el sufragio de los mexicanos que elegían como nuevo presidente del país a Francisco Ignacio Madero, supo que todos los que apoyaron a Madero iban a pagar su idealismo.
En 1909, cuando Madero anuncio su postulación a la presidencia creando el partido anti reeleccionista, don Crispín tomó las riendas del partido en el cañón de Juchipila y se hizo fuerte políticamente, de tal modo que hasta los rurales lo respetaban porque ganó mucho poder entre la gente.
Casimira Quintero lo recordaba montando aquel caballo que le llamaban flor de durazno recorriendo la campiña juchipilense, hablándole a la gente en contra de don Porfirio y a favor de un tal Madero. Ella recordaría la admiración que la gente pobre sentía por don Crispín, pues todos sabían el riesgo que corría, y sin necesidad, siendo el, un hombre de posición acomodada.
Madero ganó ampliamente las elecciones, pero don Porfirio no quiso darle el poder y lo mandó arrestar, al igual que todos aquellos cabecillas que lo apoyaban, incluyendo por supuesto a don Crispín Robles. Por eso ahí estaban los rurales apuntándole con sus rifles.
El líder juchipilense fue mandado a la cárcel de Lecumberri en la ciudad de México y ahí estuvo hasta que Madero inicio la revolución el 20 de noviembre de 1910, logro derrocar al viejo Porfirio en 1911  y liberó a todos los presos políticos.
Crispín volvió a su pueblo esperanzado con el nuevo Presidente, pero este no se deshizo de los viejos porfiristas e ignoró a quienes lo habían ayudado y en el pecado tuvo su penitencia, fue asesinado por su ministro de guerra, Victoriano Huerta y este asumió el poder, otro porfirista, un traidor, otro tirano y el pueblo ya no estaba para soportar dictadores, así que volvieron a tomar las armas y se inició una guerra más cruenta que la otra, una lucha por el poder.
Crispín se incorporó al movimiento, con su alma de líder se fue por todo el cañón de Juchipila juntando adeptos y formo un ejército, de El Remolino lo siguieron muchos hombres, sedientos de justicia. Fue por don Crispín Robles que difícilmente entraban  las huestes huertistas por el Cañón De Juchipila y algunos pueblos de Jalisco.
El guerrero juchipilense se puso a las órdenes del general Villa y quedo como un subordinado del general Natera, quien le dio el grado de coronel.
Este hombre se distinguió por su honorabilidad y astucia en combate, su lema era A SANGRE Y FUEGO. Antes de atacar cualquier población, mandaba un propio pidiendo que se rindieran, si no lo hacían, les advertía que entraría a Sangre y Fuego, como lo hizo en Yahualica y otros pueblos de Jalisco.
Fue precisamente en Ocotlán, Jalisco, en donde encontró su muerte, en marzo de 1914. Había recorrido todo el cañón de Juchipila, por Ixtahuacan entró a Cuquio y de ahí a Yahualica, luego al sur de Jalisco derrotando resistencias huertistas, todo se estaba dando para la toma de Zacatecas. Llego a Ocotlán y tomo el pueblo. Ese día como una coincidencia al ir por la plaza se encontró frente a frente con un viejo conocido y común en la causa villista, el doctor Mariano Azuela.
__ Don Fermín ¿Se acuerda de mí?__ Pregunto el galeno
__Pero como de no, el viejo amigo Mariano, ¿Quién va a olvidar las charlas tan sabrosas en Juchipila? ¿Qué anda haciendo por acá, tan lejos de Lagos?
__ Espiando carrancistas, amigo, espiando carrancistas, como un servicio para el coronel Caloca,  y por lo que veo  también usted es coronel.
__ Así es, esa gracia me la otorgó mi general Natera. Pero vengase doctor, vengase, sentémonos a las sombra de ese árbol para que me cuente como van las cosas por su tierra y me dé su punto de vista cuando se va a acabar esta revolución.
Ahí estuvieron aquel par de revolucionarios cambiando expresiones, sus luchas, sus logros hasta que de repente don Crispín dijo.
__Sabe doctor, le voy a hacer una confesión, solo a usted me atrevo a hacérsela porque sé que no me traicionaría contándosela al alto mando. Pero sabe, como que se me figura que esta revolución no va por buen camino.
Mariano se quedó serio y dejo que el coronel siguiera con su queja.
__Mire, yo me levanté en armas con un ideal, una esperanza, que el pueblo mejorara, que al irse don Porfirio todo iba a estar bien ¿Y qué pasó? Nos mataron a Madero y ahora estamos peleando con otro peor que el, el tal Huerta y no sé porque me da la cosa, que Carranza no es muy leal, que lo que quiere es el poder y me gusta para que sea igual que don Porfirio. Pero eso no me preocupa tanto. Lo que verdaderamente me preocupa es que la gente no sabe ni porque anda peleando. Mire, yo traigo mi regimiento de caballería, puros rancheros que lo único que quieren es entrar a los pueblos y robarse lo que puedan. Yo los contengo hasta donde me es posible, pero hay otros cabecillas que no lo hacen, al contrario, ellos también son unos ladrones. Sin ir más lejos, por ahí por las sierras del canon de Juchipila, andan varios grupos de bandidos que se hacen llamar revolucionarios, lo único que hacen es matar y robar, sin un ideal ni una consigna. Eso sí, según esto porque así lo manda el general Villa. La verdad es que me preocupan los ideales de la revolución.
Mariano lo escuchó muy atento, algo así ya lo había presentido él, la revolución no era lo que sus precursores habían ideado.
__Sabe don Crispín, voy a escribir una novela narrando su historia __Dijo emocionado Mariano Azuela.
__No doctor, no escriba mi historia, nada tiene de interesante, mejor escriba la historia de los que le entraron a la revolución sin saber exactamente que era esto, que hasta le llamaron “LA BOLA” la revuelta, esa si sería una buena lección para aquellos que solo vinieron a robar y matar.
El coronel Crispín Robles ya no supo si Mariano escribió o no su historia, ni tampoco que poco tiempo después Victoriano Huerta se debilitó por la toma de Zacatecas, a la cual,  mucho ayudo el  al no permitir que los huertistas se sumaran a esa ciudad, él no lo supo, porque ese mismo día murió a causa de una emboscada que le pusieron sus enemigos, y por ahí quedo, él y algunos remolinenses, en tumbas anónimas en las tierras jaliscienses.
Y así fue, luego de la toma de Zacatecas el villismo creció y los huertistas se fueron replegando, quedando solo algunos fortines que se defendieron hasta la convención de Aguascalientes.
Luego del gran triunfo de la batalla en Zacatecas, villa y su ejército se dirigieron a Guadalajara, pero para evitarse pasar por los altos de Jalisco en donde aún había huertistas, decidieron irse por el Cañón de Juchipila, porque ahí estaba limpio gracias a don Fermín, así fue, como un día llegaron a Juchipila y ahí acamparon, pero era tanta la tropa que llegaban desde Contitlán hasta Apozol. Fue en esa ocasión, cuando Casimira Quintero, ya de catorce años de edad, tuvo oportunidad de conocer a su madre, pues Florentina Ríos venía con la tropa, se había convertido en una Adelita.
__ ¡Ahí viene Villa! ¡Ahí viene Villa!
Perfeto Villarreal corría a todo pulmón por la ladera del Cerro de las Ventanas para avisarle a sus paisanos remolinenses la llegada de las tropas revolucionarias. Los labriegos suspendieron sus labores y voltearon al camino real. La fila de jinetes era larga, muy larga, de repente se detenían y salían del camino para meterse a las casas y hacer campamento, otros se seguían de largo buscando donde guarecerse. Durante todo el día pasaron tropas, ya muy noche solo se veían fogatas desde Contitlán hasta Apozol.
En Remolino, fue un verdadero atropello el que hacían aquellos soldados, sin pedir nada y sin medir consecuencias, entraban a las casas y se apropiaban de lo que querían, principalmente comida, sin consideración mataron marranos, vacas lecheras, gallinas, tumbaron los tasoleros para darle de comer a los caballos, entraron a las trojes y las vaciaron de maíz, desgranado y en mazorca. Todas las mujeres jóvenes fueron llevadas a esconder a la cueva del chivo en el cerro de las ventanas, muchos de los hombres también se escondieron, no querían ser llevados de leva. En el ranchito quedaron solamente las personas ya muy viejas que impotentes miraron como robaron el humilde pueblo.
Otro día hasta lo alto del cerro llego Basilio Quintero con un poco de nixtamal, una gallina y  con una noticia para su familia.
__ A que no van a creer a quien acabo de ver en Juchipila. Ni más ni menos que a Florentina Ríos.
La esposa de Basilio, abrió desmesuradamente los ojos  y lanzó un grito rabioso al momento que  volteó a ver a Casimira, que preparaba un metate para moler el nixtamal y hacer la masa. La jovencita siguió en su labor sin  entender el porqué del grito.
__ ¿Oíste eso Casimira?
__ ¿Qué tía?
__ En Juchipila está tu madre ¿Quieres ir a conocerla?
La muchacha solo se encogió de hombros, dando a entender que le daba lo mismo, sin embargo, dentro de ella se removió una extraña emoción, le acababan de decir que ahí estaba su madre, su esperanza de salir de aquel sufrimiento tan lleno de humillaciones, su madre que regresaba por ella para llevársela y protegerla.
__ Ándale, péinate, vamos a bajar para ir a buscarla.
__ Mujer __Dijo Basilio Preocupado __ ¿Cómo que van a bajar del cerro? Por todo el camino real hay soldados, muchos andan borrachos, hay muchos disparos y todo es peligroso. Ni se les ocurra que las voy a dejar ir.
__ Basilio, si no es hora, ¿Tonces cuándo? Sirve que le decimos todo lo que se merece.
Entendiendo que no iba a persuadir de aquella mala idea a su mujer, le dijo.
__Bueno pues, vamos, ni modo que las deje ir solas.
Bajaron el cerro por el lado del Ahualulco, para evitar caminar por el camino real que estaba repleto de revolucionarios, pero en todas partes era igual, el trapiche del lugar se había convertido en un campamento militar. Casimira era una jovencita de catorce años, blanca, hermosa, en pleno desarrollo. En cuanto la miraron, los centinelas de guardia se abalanzaron sobre ella al momento que le apuntaban sus rifles a Basilio y su esposa.
__Mira nomas vale, que regalito nos manda diosito.
__ Si puesnnnn…ya le aiga amigo si uste se opone.
Basilio estaba pálido, su mujer gritó asustada, Casimira forcejeaba para soltarse del hombre que la sujetaba. La empezó a llevar con rumbo al rio, el otro, a empujones también llevaba a los tíos de Casimira.
Ya iban a llegar al rio cuando escucharon una voz autoritaria.
__  ¡Alto ahí!
A la sombra de un frijolillo descansaba un oficial, se incorporó al momento que se ponía su tejana, la cual lucia tres estrellas doradas formando un triángulo equilátero. Los hombres que llevaban a Casimira y sus tíos palidecieron.
__ ¿Qué está pasando aquí? __ inquirió violentamente el coronel
__ Nada mi coronel, nomás que este y yo vimos que venían estas gentes y las llevamos pa allá, a, pos, interrogar a ver que saben.
__ A ustedes los había puesto de centinelas.
__ Pos sí, pero es que si los demás andan de fandango, pos nosotros también queríamos. Y pos la verdad mi coronel, mire nomas que chulada de mujer,  ande mi coronel, si quiere usted primero, y luego nos la deja puesnnn.
__ Mujer, lo que yo miro es una niña, malditos pervertidos. Va a llegar el momento que nadie nos va a soportar por sus raterías y sus salvajadas. Y yo los deje de centinelas. Vamos de regreso al cuartel.
Refunfuñando aquel par de hombres tuvieron que obedecer. Por órdenes del coronel caminaron al frente, luego él y atrás los asustados lugareños. Llegaron al trapiche del Ahualulco y el coronel gritó.
__ ¡capitán Maclovio Romero!
Al momento apareció el aludido y al cuadrarse escuchó una orden.
__ Capitán, estos dos hombres abandonaron su puesto de centinelas, enciérrelos y me los fusila al amanecer. Una orden mía jamás debe ser desobedecida.
__ Como usted ordene mi coronel.
Inmediatamente aquel par de hombres fueron sujetados y encerrados en uno de los cuartos del trapiche, no paraban de gritar asustados. Una vez que fueron retirados el coronel habló con Basilio Quintero.
__ A ver amigo, ahora si explíqueme que pasó aquí.
__ Pues nosotros nomas íbamos de pasada señor coronel, y ya vio, estos hombres nos agarraron y nos llevaban pal rio.
__ Y a donde iban, si ya saben que es muy peligroso andar por aquí.
__ Íbamos a Juchipila señor, a ver a una mujer que anda en la tropa
__ ¿Quién es ella y que le querían ver?
__ Ella es una mujer de aquí, del rancho, hace mucho que se fue y hasta ahora la volví a mirar ahí en el mercado. Ella es la mamá de esta muchacha, se llama Florentina, Florentina Ríos.
El coronel soltó una carcajada al escuchar aquel nombre, luego volteando a ver a Casimira dijo convencido.
__ Mira nomas, como que si, le das un aire, igual de hermosas. Sabe que amigo, yo voy a ir con ustedes. Si no los acompaño lo más seguro es que esta muchachita no llegue a Juchipila con bien. Vamos a ver a la tal Florentina Ríos, pero eso si les digo, tengan mucho cuidado con ella, es una de las mujeres preferidas de mi general Fierro.
Mientras caminaban, las mujeres al frente, el coronel y Basilio atrás, el militar siguió hablando.
__ ¿Así que ella es hija de Florentina? Yo creía que solo tenía dos.
__Si, a ella la abandonó de tres meses por irse con otro hombre. Ella era esposa de un hermano mío.
__ ¿No me diga que ese hombre era uno que le decían el machete?
__ Así es señor, el machete mentado.
El coronel no paraba de reír y sin que Basilio le preguntara le siguió contando.
__A la güera Florentina y al tal Machete, nos los encontramos en Chihuahua. Estaban a la orilla del camino, como que iban para Texas huyendo de la guerra como otras tantas gentes. A la pura pasada mi general Fierro le gusto la mujer. Yo iba a su lado y detuvo su montura, pos todos los demás nos detuvimos también. Me dijo “Ira nomas Roque, que chulada de mujer, arriármela pal cuartel” así que por órdenes de él, nos la llevamos junto con el hombre y dos niñas que traían con ellos. Ya algo tarde llegó mi general y de inmediato busco a la mujer. Ahí estaban,  todos asustados. “A ver mi alma” le dijo a Florentina “Se va a venir conmigo esta noche pa que me caliente las cobijas, aquí hace mucho frio” el tal machete se puso rejego y protestó “Oiga, ella es mi mujer, no puede hacer eso” “Yo puedo hacer eso y muchas cosas más mi amigo, hasta mandarlo fusilar, pero no lo voy a hacer porque mañana le voy a regresar a su mujer y usted como si nada, se va a aguantar amiguito, lo justo es que esta mujer sepa en su vida lo que es un verdadero hombre” entonces el machete cometió el error de su vida, mejor hubiera dejado que mi general se llevara a la mujer y ya, pero se le ocurrió responder “Pos a ver si no se desilusiona mi general, porque ella está acostumbrada a lo grande” y al decir eso, por encima del calzón de manta se agarró aquella víbora que tenía por pito. Mire amigo, era una cosa de dar miedo, grande el animal. El general Fierro se rascó la cabeza, luego nos miró a todos que estábamos igual de sorprendidos, Fierro siempre había presumido de que estaba bien dotado, pero frente a aquel fenómeno se sintió empequeñecido. Su cara se transformó como cuando se le ocurría una travesura, yo pensé que lo iba a mandar fusilar o que iba a sacar su pistola y matarlo ahí mismo, pero para sorpresa de todos dijo “Agarren bien a este pelado y bájenle el calzón, denme un machete y arrimen un tronco o una piedra, está en mucha riata para tan poco caballo” Mando que lo hincáramos y le estiráramos aquello puesto sobre el tronco, nadie lo queríamos agarrar, pues no es de machos agarrarle a otro su cosa,  entonces le ordenó a Florentina que ella lo hiciera y ahí mismo, en presencia  todos los que estábamos, le dio un machetazo dejando al pobre hombre despitado, a grita y grita y echando chorros de sangre, el general dio otra orden “Llévenlo con el doctor y díganle que también lo cape, que lo cure, no quiero que se me vaya a morir, luego me lo visten de mujer, porque desde este día, este cristiano se tiene que sentar para miar” luego agarró a Florentina y se la llevo a su cuarto, nomás escuchamos que le dijo “Ni modo mi alma, pa que me venía a presumir de ser más macho que yo”
Florentina amaneció muy contenta y todo el día anduvo del brazo del general. Desde ese día se convirtió en una de sus mujeres, ellas tienen muchos privilegios y hasta mando, por eso les digo que se porten bien con ella, una seña suya y mandan fusilar a cualquiera.
Basilio sentía una extraña sensación de gusto al saber lo que había pasado con machete, en cierta forma su hermano había sido vengado, eso era mejor que matarlo.
__ Oiga señor, ¿Y a final de cuentas se murió el machete?
__No, bueno, no de eso. El doctor lo capó y lo curó. Si duró días que no se podía levantar, luego lo que fatigo para volver a caminar, ya entonces como el general Fierro nos había ordenado, lo vestimos de mujer y lo revolvimos entre ellas. Era un de reírse de aquel pobre desgraciado, vestido de mujer con aquellos bigotones y lo peor fue que le cambio la voz y se le oía re chistosa. Al último se resignó a su suerte y no le quedo de otra más que seguir la tropa, porque el general dio orden de matarlo si quería desertar. Pues una vez en Torreón se nos juntó un regimiento que venía de Jalisco, puro guerrillero entrón y aguerrido. Dicen que uno de ellos lo reconoció “Oiga usted, no le aunque ande vestido de mujer, usted es el machete, usted se metió con mi mujer” “No, yo no soy, miren, miren, ni tengo nada, yo no soy, yo no soy” se levantó las faldas para mostrarles la cicatriz que le había quedado. “Si es” les grito Florentina “Nomas que ya se lo mocharon, ahora es mujer” sin más, el de Jalisco desenfundo su soga chavinda, lazó al machete y a cabeza de silla lo empezó a arrastrar. Dicen que lo trajo por horas corriendo por el desierto de Torreón, que ya iba, que ya venía, que se bajaba del caballo para ver cómo estaba y con cualquier quejido lo volvía a arrastrar hasta que quedo hecho añicos, despedazado. Luego que hubo muerto le dijo “Así mismo te iba a dejar a machetazos aquella vez que te escondieron los que andaban sacando las higueras en el rio” y así fue como se acabó el tal machete. Cuando supo eso, mi general Fierro mando fusilar al de Jalisco, por haberle matado a su muchachita, pero mi general Villa lo salvó del pelotón y le dijo a Fierro “A esos no me los molestes, van a ser los primeros que van a entrarle ahora que luchemos en Zacatecas. Y si le salieron aguerridos, pero en Zacatecas los mataron a todos.
Con aquella plática el camino se hizo corto para llegar al mercado de Juchipila. A pesar que ya era por la tarde, el lugar estaba lleno de vendedores, no tenían más a donde ir, todos venían con la tropa. Ahí había desde los granos que ellos mismo se robaban como maíz, frijol, semillas de calabaza, hasta monturas, ropa, mucha de ella ensangrentada y con hoyos de bala, zapatos, vasijas, pieles de animales, comida y bebidas entre otras muchas cosas. Tras una manta tendida en el suelo, en donde se veía una pila de frijol, estaba Florentina Ríos, muy altiva, gritándole a los que pasaban ofreciéndoles su producto.
__ ¡Epa güera Florentina! __ Le grito el coronel
__ ¿Qué paso Roque, onde andabas que no se te ha visto en todo el día?
__ Me mandaron acuartelar en un trapiche, pero vine porque aquí te traigo unas gentes que ten andan buscando.
Florentina de inmediato reconoció a Basilio.
__ Ira nomas, pero si es mi cuñado Basilio y su querida mujercita. ¿Cómo estas cuñado? ¿Qué razón me das de Antonio?
Sin más formalidad, ni un saludo de mano fue el encuentro entre aquellos conocidos. Intentando hablar sereno, sabiendo ya quien era aquella mujer y por quien estaba protegida,  Basilio Respondió.
__Esta por Estados Unidos. No ha vuelto, pero nomás queríamos venir a verte para que te conociera tu hija. Esta es Casimira, tu hija.
Al decir eso Basilio medio empujo a Casimira, quien, agachada con el reboso se tapaba media cara.
Florentina se estremeció. Se puso seria.
__ ¿Mi hija? ¿Luego que no se murió con las garras que le eche encima?
__ No, por obra y caridad de Dios se salvó y aquí la tienes. Viene a conocerte y a ver qué vas a hacer con ella. Eres su madre.
Casimira agachada solo miraba a otras dos niñas que sentadas junto a la pila de frijol también la miraban a ella. La más grande tendría unos doce años, la otra no pasaba de ocho. La mayor tenía mucho parecido con ella.
__ A ver mija __Dijo Florentina con un dejo de ternura __ Levanta la cara, quítate el reboso.
No obedeció, entonces Basilio le quito el reboso y Florentina poniendo su mano bajo la quijada levanto poco a poco su rostro.
__ Ey…si eres mi hija…eres chula como tu sola.
__ ¿Y qué vas a hacer con ella? ¿Aquí te la dejamos? Es tu hija. Nosotros somos muy pobres pa seguirla manteniendo.
Florentina metió la mano a su mandil y saco un puno grande de billetes, de esos billetes que mandaba imprimir el mismo Francisco Villa.
__ Mira mija, no te puedo llevar conmigo, aquí hay muchos peligros, pero vas a ver que ya cuando se acabe la guerra voy a regresar por ti. Por mientras toma este dinero, pa que te mantengas mientras regreso por ti.
Casimira moviendo la cabeza se negó a tomar el dinero.
__Agárralo Casimira, agárralo __Le ordenaba Basilio.
Más por obligación que por ganas agarró el gran puño de billetes para complacer a su tío. Al tomarlos, sus dedos rosaron los dedos de su madre y en ese instante sintió ganas de llorar, por fin tocaba a su madre, por fin ahí la tenía. Sintió ganas de abrazarla, de darle un beso, pero no se atrevió a hacerlo por miedo al rechazo. Lo bueno es que le estaba prometiendo que iba a volver por ella, pero aquella espera se hizo eterna. Florentina Ríos nunca volvió.
Muchos, muchos años después, en su lecho de muerte Casimira Quintero de 94 años de edad me hizo una confesión y me pidió algo que por supuesto era imposible, me dijo:
__Mira, si me muero y mi madre vuelve a buscarme, nomás dile que nunca, que nunca la perdoné.


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