martes, 4 de marzo de 2014

CAPITULO XXVIII, EL BORRACHO DE AGRIPINO.

El Remolino crecía lentamente. De repente alguna familia llegaba y hacia su jacal sin pedirle permiso a nadie, generalmente a la orilla del camino real o de los arroyos. La gente empezó a cercar lo que consideraba su propiedad con bellas cercas de piedra, y con ese mismo material hacían los corrales para sus animales.
Reginaldo que era quien tenía un poco de conocimiento de urbanidad por sus constantes viajes a las ciudades, fue quien sugirió que  no se siguieran haciendo remolinos de casas y se marcaran algunas calles, para que la circulación fuera más fácil. Así fue como desde la plaza, salieron algunas calles, todas chuecas, pues nadie siguió el reglamento y seguían cercando como les venía en gana. Estaba el camino real, que era una calle natural a la orilla de la plaza, luego, se hicieron dos calles que llegaban directo a la capilla, en dirección norte-sur, luego una calle hacia el oriente que daba al llano que había entre arroyo y arroyo, en donde la gente solía soltar sus animales en tiempos de secas, y por eso le llamaban el potrero. Poco a poco se pobló  toda la orilla del camino real, de tal manera que las únicas salidas del Remolino para ir al cerro, eran los cauces de los arroyos.
En tiempo de lluvia, cuando los arroyos bajaban con torrentes incontenibles, varias veces arrasaron con jacales que estaban muy a la orilla, fue por esa razón que con mezcal de cal y piedra (cal y canto) hicieron muros de protección para evitar que aquel aguadijal los inundara o incluso llegara hasta la plaza.
Anselmo Arelis se había fincado junto a las casas de Anastasio Haro, a la orilla del arroyo que había más al sur, el llamado Arroyito Blanco. Este hombre ya había vivido en el Rio Adentro, luego, al otro lado del rio, pero en ningún lugar estaba a gusto porque tenía cuatro hijas y era muy celoso, tanto con ellas como con su mujer. No quería que la gente anduviera hablando de ellas y pensó que el Remolino era la mejor solución para mitigar sus celos, acá vivía pura gente decente. Nunca se imaginó el hombre, que la amistad que su hija tenía con Elvira Luna, era más que nada de complicidad, pues las dos muchachas se protegían una a la otra,  para poder tener sus amoríos con el soldado francés. Por ser Elvira una muchacha seria y de familia, era que Anselmo dejaba que María se fuera a dormir a la casa de Elvira, supuestamente para que le ayudara a cuidar a su abuelita ya muy anciana y viejecita.
El día que se descubrió que ellas se metían con el francés, María y Elvira fueron a esconderse al cerro de las Ventanas. Ya muy tarde tuvieron que regresar a sus casas. A María ya la estaba esperando Anselmo con la coyunda de los bueyes remojando en una batea.
Ella llegó  con la cabeza baja. Anselmo la recibió con una cachetada que la derribó, luego fue por la coyunda y con aquella correa húmeda la golpeo hasta dejarla desmayada. Ahí quedo tirada, por orden del mismo hombre nadie de la casa debería de ayudarle. Cuando despertó, se incorporó y solo escucho el grito de su padre desde adentro del jacal.
__ ¡Lárgate mucho a la rechingada si no quieres que te ponga otra monda!
El sol se estaba metiendo cuando salió de su casa. Camino rumbo al norte por el camino real. Paso a un lado de la plaza. Llego al remolino de los Luna y pregunto por Elvira. Gumaro salió y con gritos la corrió pidiéndole que nunca regresara. Siguió de largo por el camino real. Paso en medio de la nopalera y llego hasta la ermita de Bernabé, en donde le habían quemado sus cruces los soldados de Santa Anna. Ahí se le acabaron las fuerzas y nuevamente se desmayó. Antes de amanecer despertó por el frio y busco refugio en la ermita. Cuando el sol salió la atosigo el hambre. Recordó que el día anterior no había probado bocado. Un hombre venia por el camino. Sin pena alguna lo abordo.
__ Oye ¿no tienes algo de comer?
El hombre la miro. Muy hermosa. Los ojos hinchados como que había llorado mucho. En el morral de ixtle que llevaba al hombro, sabía que iban los tacos de frijoles que le había preparado su mujer como bastimento para todo el día. Si se los daba a aquella mujer ¿Entonces qué comería él? En el trapiche a donde iba, solo había cañas y más cañas, harto estaba de ellas.
__ No, nomás trigo mi itacate, pero no te lo puedo dar, es pa mí.
__ Ándale, no seas malo. Tengo mucha hambre, o dame tres centavos para ir a comer a Juchipila. Mira, si me das algo__ En ese momento por la desesperación del hambre, María le mostro sus pechos__ Te dejo que toques mis pechos.
El hombre sintió un escalofrió. El espectáculo era hermoso. Los pechos firmes de una jovencita no como los cuajos de su mujer. Saco el bonche de tacos que enredados en una hermosa servilleta bordada emanaban un rico olor a tortilla recién hecha.
__ Te los doy todos, pero si me dejas que te monte.
María lo analizó por un momento. Virgen ya no era, hacia dos meses que ese privilegio se lo había otorgado al francés. No le había venido el sangrado mensual como solía ocurrirle y ya lo había comentado con Elvira, que le pasaba lo mismo, a lo mejor estaban embarazadas. Ya sospechaba lo que era una realidad, llevaba el producto de sus amoríos con el francés y por experiencias ajenas, sabía que tenía que cuidarse, pero que caray, el hambre era mucha y si no le había pasado nada con la golpiza que le había dado su padre, que podía pasar si le permitía a aquel hombre que la montara, lo importante era comer. Ella coqueta camino tras la nopalera, el hombre tras ella. Solo se agacho y el hombre hizo el trabajo mientras ella fatigaba para desanudar la servilleta y empezar a comer con desesperación aquellos tacos. Un minuto después el hombre termino la acción. Se despidió de ella y siguió su camino rumbo al trapiche mientras María terminaba con toda la ración, luego se quedó dormida plácidamente.
Al medio día llegó  un hombre montado a caballo. Se detuvo frente a ella. La miró y sonriendo le preguntó.
__ Oye muchacha ¿Es cierto que tú haces travesuras por unos tacos?
María sintió mucha pena por aquella pregunta, quiso responder agresivamente, pero se contuvo y sintiendo que el hambre le volvía a hacer otro llamado, contestó  sonriente.
__ Pues por unos tacos o por unos cinco centavos.
__ Ja, cinco centavos, ¿No querrás mejor un ocho reales?
__ Pos usted dirá.
Muy sonriente el hombre desmontó. Amarró su caballo a un huizache. Desamarró un sarape que llevaba en la parte trasera de la silla del caballo y luego, tomando a la muchacha del brazo la llevó atrás de la nopalera.
__ Vente chiquita, ya verás que bien nos vamos a arreglar tú y yo.
Aquel hombre estuvo mejor que el de la mañana, cuando todo terminó, el hombre se vistió y le arrojo unas monedas de cobre a la muchacha.
__ Toma, con esto puedes ir a Juchipila y comer en la fonda. ¿Dónde vives?
__ Pues aquí, donde más.
__ ¿En dónde?  Nomás está la ermita
__ Pos ahí.
__ Va a hacer frio. Quédate con el zarape, mañana voy a mandar unos hombres para que te hagan un jacal. Voy a venirte a ver casi todos los días. A ver si se te quitan pronto esos moretones que tienes en las piernas. Se te ven muy feos.
__ Pues sí. Me los hizo mi padre ayer.  Se me van a quitar.
El hombre volvió a su casa en el Ahualulco y ella corrió a Juchipila para comer en el mesón. Ahí contó  en donde vivía y que por unos centavos haría feliz al hombre que quisiera, es misma noche la visitaron cinco hombres de Juchipila.
Otro día, tal y como le había prometido el hombre del Ahualulco, llegaron tres hombres y en un dos por tres le hicieron un jacal. Les pagó con caricias.
Ese se volvió su negocio, de eso vivía. Los clientes le sobraban, de tal manera que muchas veces los hombres se tenían que sentar a la sombra de un mezquite mientras la desocupaban. A veces era tanta la espera de sus ocasionales amantes,  que se le ocurrieron dos cosas; una, vender alcohol para que la espera no fuera tan desesperante y otra, buscar otras mujeres que le ayudaran en los menesteres sexuales. Pronto se notaría su embarazo y a lo mejor los hombres ya no la iban a querer.
A los siete meses dejó  de atender hombres. Ya tenía tres muchachas trabajando con ella. El jacal inicial era insuficiente y mandó  hacer otro, uno que era la cantina, y otro,  el cuarto de cortejo. Cuando nació Agripino, ella se sentía ser una mujer muy rica.
El niño se crió en ese ambiente. Mirando pleitos de borrachos y escuchando a las prostitutas en sus diarios quehaceres. Su madre era la matrona y eso le daba muchos privilegios. Antes de cumplir los catorce años tuvo su primera eyaculación, rodeado de muchachas que se  le celebraban emocionadas. Desde ese momento las mujeres no le faltaron, sin embargo se sentía vacío, muy vacío.
A los 18 años, Agripino   conoció a una muchacha de su edad en el rancho de Contitlán. Amalia Toledo. Se enamoró perdidamente de ella y ella de él. Tenía la personalidad del francés, no el color de sus ojos, pero si esa piel blanca y sobre todo el carisma.
Todos los días. De madrugada ensillaba su caballo y se dirigía a aquella comunidad. Por un hoyo que había en el jacal que servía como cocina en la casa de los Toledo, platicaban mientras Amalia molía el nixtamal en el metate. Cuando se despedían porque ya iba a amanecer y ella tenía que hacer las tortillas, se iba Agripino con una gran nostalgia.
Cuando el padre de ella, Melquiades Toledo, lo descubrió una madrugada pegado a la pared del jacal platicando con la muchacha, su rabia fue tanta que no pudo evitar darle unos golpes, luego que se dio cuenta quien era el novio, con mayor razón evitó  que su hija anduviera con ese sinvergüenza, descarado, inmoral, libertino. Cuando él iba al jacal del Surco de Nopales, siempre lo miraba muy abrazado de alguna de las muchachas. Para evitar que su hija siguiera de volada con el hijo de la María, fue a la hacienda de Guadalajarita y ahí se la ofreció al administrador de la hacienda, un hombre viudo y rico que no desaprovechó  la oportunidad de casarse con una jovencita y tres días después de eso, se fueron a Moyahua y allá se casaron.
Agripino sufrió mucho, por sugerencia de su madre y de las mismas mujeres, se dio a la bebida y se volvió un pleitista. Su madre para consolarlo le apartó a una de las muchachas que trabajaba con ella, Petra Lujano y les hizo un jacal a la orilla del arroyo, en el Remolino. Su madre se encargó de mantenerlos porque Agripino no trabajaba, siempre andaba borracho. Petra Lujano, se enamoró del muchacho y a pesar de lo que fue, se volvió una mujer fiel, aunque sufría por las borracheras de su hombre y las golpizas que le propinaba sin motivo. No se imaginaba lo que pronto sucedería con aquel hombre, que no la amaba, pero que por ocasionalmente la ocupaba y por esa razón había quedado en estado.
Un domingo por la mañana, Melquiades Toledo salía de misa en la iglesia de Juchipila. Lo acompañaba su familia. Su hija Amalia entre ellos, cargando el niño, producto de su matrimonio con el hombre de Guadalajarita. Toda la gente se sorprendió cuando escucharon aquel grito lleno de rabia.
__ ¡Melquiades Toledo! ¡Prepárate a morir! ¡Vengo a matarte! __ Y miraron a Agripino Ríos, con una daga en la mano y un pañuelo en la otra, ofreciéndosela al padre de Amalia.


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