lunes, 17 de marzo de 2014

CAPITULO XXXI, EL NACIMIENTO DE LAS HIGUERAS.

Don José Torres y Alberto Haro, se hacían sendos cigarros de hoja bajo un mezquitillo que había en la plaza de los Villarreal. Alberto sacó su eslabón, el pedernal y la yesca y con una maestría tremenda hizo la brasa para encender los cigarros. Se sentaron en unas piedras que había ahí y luego don José destapó una botellita de ron.
__ Sabes que estoy pensando Alberto __ Dijo Torres al momento que le ofrecía la botella a su interlocutor __ Que esto que llamamos plaza, de plaza no tiene nada. Mira nomas en donde nos estamos sombreando, un triste huizache.
__ Vas a creer que yo también tengo tiempo con el mismo pensamiento. Aquí necesitamos unos buenos arbolotes, unas pochotas o unas cebolletas.
__ No, de esas no se ven bien en las plazas. No ves la de Juchipila con sus laureles de la india.
__ Fíjate que no me gustan. Son re basurientos y tantos pájaros que se paran ahí, cuando uno anda dando la vuelta te dejan toda la cabeza cagada.
__ En Ixtlahuacán vieras que bonitas higueras tienen. Algo así estaría bueno aquí con nosotros.
__ ¿En dónde se podrán conseguir unas higueras?
__ Pos sabe, mira, ahí va Roque Horta, vamos le  preguntándole a él. ¡Oye Roque, ven pa acá!
__ A ver, pa que soy bueno.
__ Oye, tu que eres arriero y sabes de muchos lugares ¿En dónde crees tú que podríamos encontrar unas buenas higueras pa traer y plantar aquí en la plaza?
__ Pos ta fácil, las veo cada que voy a Guadalajara, y no van a creer que cada vez que las veo, se me antojan para traérmelas para acá. Pos ahí al bajar la barranca, en la orilla del rio. Chulada de higueras zalateras.
__ ¿Cómo la ven si vamos a traernos unas tres para plantar aquí en la plaza?
__ Pos ahí verán, ahí están mis mulas, porque solo a lomo de mula se pueden traer unas de buen tamaño.
__ Yo estoy puesto.
__ Mañana mismo.
__ Mañana muy tempranito pa llegar pasado mañana y en cuanto las saquemos darnos la vuelta pa que no se vayan a secar.
__ No se hable más. Échate un trago Roque.
__ Pos bueno.
Otro día, antes de que el sol saliera, montando sendas mulas aquellos tres hombres iban por el camino real, rumbo a Ixtalhuacán, a lo que llamaban la barranca, a buscar y traer tres higueras para la plaza del Remolino.
Encontrarlas no fue difícil, escogieron tres que no sobrepasaran los tres metros, pero que no fueran menores de dos. Las sacaron dejándoles una buena bola de tierra para proteger sus raíces,  luego las envolvieron en costales de ixtle y las amarraron con mecates, finalmente surgió el verdadero problema, como subirlas a las mulas, eran muy pesadas, se necesitaban cuatro hombres para levantarlas, dos de cada lado, ellos solo eran tres. Como si el cielo los hubiera escuchado, de entre el monte escucharon un ruido, luego jadeos, finalmente aquel hombre que apareció sudoroso de entre la selva. Los miro. Se detuvo en seco y quiso regresarse asustado, pero don José Torres le dijo.
__ Oiga amigo ¿No quiere ganarse unos centavos? Ayúdenos a subir estas higueras a las mulas.
El hombre sudoroso dejó de verlos con desconfianza. Sonrió, volteo hacia atrás y dijo.
__Favor por favor. Miren, la verdad me vienen persiguiendo los hermanos y el marido de una mujer. Si ustedes me esconden y les dicen que pase el rio y seguí corriendo, con gusto les ayudo y ni les cobro.
Así lo hicieron. El tipo se sentó de cuclillas recargado a un pequeño paredón y ahí le echaron un par de cobijas. Unos minutos después se escuchó nuevamente que alguien venia por la selva, muchos jadeos. Aparecieron cinco hombres, todos con machete en mano. Se detuvieron en seco al mirar a los remolinenses. Uno de ellos preguntó:
__ ¿Oigan, no han visto de casualidad a un cabrón que venía corriendo?
__ ¿Uno prieto, así grandote? __ Contestó José Torres
__ Ese mero.
__ Si, como no, llegó así como ustedes, de repente, llegó al rio, tomo poquita agua, y luego lo paso a corre y corre, siguió ladera arriba, yo hasta les dije a estos, como que a ese lo viene siguiendo el diablo.
__ No seremos el diablo, pero haga de cuenta, haga de cuenta __Luego dirigiéndose a sus compañeros el hombre exclamó__ no ha de ir muy lejos, ahorita lo alcanzamos, va a llegar a la peña y de ahí no va a tener pa donde seguirle. Vámonos, vamos a capar a ese pinche marrano.
Así lo hicieron, llegaron a la orilla del rio, medio tomaron agua y luego siguieron su carrera. Apenas desaparecieron en la selva a otro lado del rio, don José Torres fue y destapó al tipo que reía divertido.
__ Ándele, ya se fueron los que lo venían persiguiendo, ahora si ayúdenos a subir estas higueras.
__ Ey…pos si, como no.
Entre los cuatro hombres les fue más fácil levantar aquellos árboles y luego los amarraron fuertemente a las cabrillas de las mulas. Cuando estuvieron listas, el hombre aquel fue a tomar agua nuevamente al rio, por lo que Alberto Haro le dijo a sus compañeros en voz baja.
__ Oigan, este amiguito no me cae nada bien. Sabrá Dios cual sea la verdad por lo que lo vienen siguiendo. Pero estoy pensando que las mulas no van a aguantar mucho con el peso de las higueras y vamos a tener que descansarlas muchas veces. Vamos a seguir necesitando de ayuda para volverlas a cargar. Como la ven que nos lo llevemos pa que nos siga ayudando.
José Torres y Roque Horta voltearon a verlo. Alberto tenía razón, tenían que llevárselo.
__ ¡Amigo!__ Le gritó Don José Torres __ ¡Venga pa acá, le queremos proponer algo!
El tipo se emocionó cuando le hicieron la invitación de acompañarlos, más aun cuando le ofrecieron una paga.
__ ¡Vámonos pal Remolino pues, aquí ya el ganado anda muy alborotado!
Fue una verdadera odisea llevar aquellos árboles hasta el Remolino. Muchas veces tuvieron que descansar los animales, la carga era mucha y muy delicada. Se hizo el doble de tiempo del que se haría regularmente, sobre todo para subir la barranca.
Llegaron al Remolino un día por la tarde. La gente salía de sus jacales curiosa al mirar lo que llevaban aquellos remolinenses. Don José Torres era quien les explicaba a los que se iban incorporando a la comitiva, pues les decía que iba a necesitar mucha ayuda para plantar las higueras ese mismo día, luego regarlas y ponerles abono. Nadie se negó. Llegaron a la plaza y la noticia se corrió al barrio arriba y pronto llegaron los habitantes de aquella área a ayudar también, entre ellos Petra Lujano.
Adalberto Haro y Don José Torres decidieron en donde iría cada Higuera. A zancadas midieron la plaza, luego ubicaron cada higuera. Calcularon más o menos el diámetro de la sombra que daba una higuera adulta y descubrieron que con dos hubieran sido suficiente, pero habían traído tres, así que esas plantarían.
__ No se preocupen __ Dijo Roque Horta__ Una higuera se va a secar. La que me corresponde a mí. Es que pronto yo me voy a ir muy lejos, yo no voy a morir en el Remolino, por eso la higuera que me corresponde se va a secar, van a ver, solo van a quedar la higuera de José Torres y la de Alberto Haro.
Siguiendo las instrucciones de Don José Torres, la gente del rancho empezó a cavar, hicieron tres hoyos profundos, luego le revolvieron pasojos a aquella la tierra suelta que sacaron, después plantaron las higueras, entre todos, emocionados, imaginando la sombra tan bonita que cobijaría a todos los remolinenses cuando crecieran aquellos árboles. Aquella, la plaza de los Villarreal,  ya era  una verdadera plaza.
Ya estaba muy oscuro cuando terminaron la labor. Lo más difícil fue regarlas. De muchos pozos fue que se trajo el agua y eso fue por muchos meses, regarlas, regarlas y regarlas. Pronto dos de ellas empezaron a echar hojas nuevas y a crecer, solo la de en medio empezó a secarse.
El hombre que los había ayudado a llevar las higueras no participo en la plantación. Su ayuda fue recompensada con 25 centavos. Don José Torres le pago. Luego que recibió su dinero se acercó a Roque Horta y le pregunto:
__ Oiga don Roque, ¿no sabrá de alguna mujer que le guste el “Tilingo lingo”? aquí traigo con que quererla.
Roque no le respondió, simplemente con un movimiento de cabeza le señaló a Petra Lujano. El hombre sonrió. Se dirigió a donde estaba Petra.
__ Buenas mi alma. Me contaron por ahí que usted no es nada mala gente con un hombre necesitado.
__ SI trae centavitos como de que no.
__Traigo centavitos y mucho amor para darle.
Ella no dijo nada, simplemente le dio la espalda y empezó a caminar rumbo a su jacal, el hombre tras de ella.
Petra otro día se levantó muy feliz. Solo había atendido a un hombre la noche anterior. Los otros que fueron a buscarla tuvieron que regresarse tristes porque ella no les abrió la puerta. En su petate estaba  un hombre prieto, desnudo, un hombre del que nadie en Remolino supo su nombre, porque se presentaba a todos como “El machete” o “El machetón”. Se quedó a vivir con ella, como si fuera su marido. Dejo de ser la prostituta del lugar para convertirse en la mujer del Machete. Pronto el hombre, mucho más joven que ella, consiguió trabajo en el trapiche y se quedó en El Remolino, viviendo en el jacal de Petra Lujano.
En el trapiche era muy poco apreciado porque todas sus pláticas eran de conquistas de mujeres. A la hora de la comida Petra le llevaba su bastimento. Siempre era acompañada por su hija Florentina que también le llevaba de comer a Antonio. Comían los cuatro juntos. Antonio se sentía incómodo porque aquel hombre acariciaba descaradamente a su suegra y luego través del calzón de, manta, sin ningún cuidado se tocaba su parte íntima y se la mostraba a Petra, pero sin tener el cuidado que también él y Florentina lo estaban viendo.
__Mire nomas mi alma como me trae, pa la noche que llegue me espera bien bañadita, que la voy a hacer sentir mujer.
Florentina inconscientemente sentía un estremecimiento y su piel se ponía chinita. Aquella frase le llegaba muy hondo, hacerla sentir mujer. No la entendía muy bien, por eso fue que un día de regreso del trapiche se lo pregunto a su madre.
__Oiga mama, que es eso que le dice el machete, de que la va  a hacer sentir mujer.
Jamás en la vida las dos mujeres habían hablado de temas íntimos, esas eran platicas taboo entre madres e hijas, sin embargo Petra estaba viviendo una época muy feliz y por eso le respondió a su hija.
__ Ay mija, pos que va a hacer, eso que te hace Antonio a ti, cosas de marido y mujer.
__ ¿De que la acuestan a una en el petate?
__Bueno, no, no es solo eso y yo no  puedo saber si Antonio te hace sentir mujer. Porque eso no es algo que todos los hombres sepan hacer. Es algo que sí, es cuando se acuesta una con ellos en el petate, pero para eso te tienen que saber acariciar, y luego que te monten te hacen como que se te entume la cabeza, como si una estuviera volando en el aire, y aunque es un ratito que se siente, parece como que dura toda una vida. Se te va la respiración y no quieres respirar pa que no se vaya ese sentir, y aunque no quiera pujas pero bien largo y sabroso. Yo muy pocas veces lo había sentido, este canijo prieto me lo hace sentir cada vez que me monta. Ha de ser porque parece burro.
Florentina la escuchaba con mucha atención. Era la primera vez que una mujer adulto le hablaba de aquello.
__ ¿Será madre como cuando uno siente cosquillitas en la cosa de una, y siente ganas de hombre?
__ No mija, no te confundas, esa es la armonía, la calentura y esa casi todas las mujeres la sentimos. Esto que te digo es algo muy diferente y es ya cuando se acaba todo el asunto de la acostada.
__ ¿Cuándo los hombres se mean?
__ Pos debe ser tantito antes o a la misma vez, porque si tu hombre se mea antes, ya no te da chance de que tú sientas eso. ¿Antonio cuánto dura cuando se acuestan?
__ Pos un ratitillo. Yo quiero más, pero se duerme.
__ ¿La tiene grandota?
__ Pos como asina __Con las manos le hizo una seña.
__ Mmmmm mija, vieras al prieto. Ese si es todo un hombre.
Florentina se estremeció y recordó a Martin.
__ ¿Oiga madre, y cuando una se casa, ya deja de venirle la sangre cada mes. Desde que me case con Antonio ya no me ha venido?
Petra soltó un grito emocionada.
__ ¡Anda mija, que aunque esta  despitadito Antonio, pero ya te pegó una cría! ¡Estas esperando mija, estas esperando!
Menuda sorpresa se llevó Florentina. Cuando llego por la tarde Antonio le dio la noticia y este se puso feliz. Un hijo, un hijo al que llamarían Martin.
El tiempo pasó rápidamente. El buen humor de Petra empezó a cambiar, porque el machete le dio por salir a dar la vuelta. Dejo de trabajar en el trapiche y puso a Petra  a trabajar en lo que ella  sabía hacer para que lo mantuviera. Ella lo hacía con gusto para que no fuera a dejarla. Se supo que el hombre le gustaba irse a bañar al rio, cerca de donde las mujeres lavaban. Lo hacía completamente desnudo, más de alguna empezó  a sentir inquietud por el prieto.
Como él sabía que por las mañanas las mujeres estaban solas porque los hombres andaban trabajando, le dio por ir a visitarlas, a pedirles un taquito. En algunas casas se tardaba más tiempo del requerido para comerse un taquito.
Florentina ya tenía siete meses de embarazo cuando fue una mañana a buscar a su madre. El machete estaba solo en el jacal, acostado en el petate, semi desnudo.
__ Oiga, ando buscando a mi madre__ Pregunto la mujer.
__ Fue a Juchipila a un mandadito, no ha de tardar, pásese mi alma, pásese.
__ No, mejor regreso al rato, ya que venga ella.
De un salto se incorporó el prieto y se puso a su lado, y abrazándola tiernamente la condujo a una destartalada silla que tenían.
__ Pero cuál es la prisa, usted ha de venir cansadita, vengase, siéntese un ratito __ Y mientras decía eso, junto su cuerpo al de ella. Florentina sintió aquella extensión dura, enorme. A su mente vino el recuerdo de Martin. A pesar de estar embarazada aquel hombre no la respeto y ella no se resistió a todo lo que él le propuso. Salió del jacal antes que regresara Petra, sintiéndose muy feliz, descubriendo por fin lo que significaba aquello de sentirse mujer.
El momento del parto llego y con él la sorpresa, no fue niño, fue una hermosa criatura a quien pusieron como nombre Casimira; Casimira Quintero Ríos. Antonio estaba feliz, no entendía porque el mal humor y eterno coraje de su esposa. Tenían una hija preciosa.
 Por ese mismo tiempo nacieron muchos niños en Remolino. El hermano de Antonio, Basilio, tuvo a su hija Juanita, nació Camilo Pérez, Elpidio Torres, Toña Horta, Clemente Rodríguez, Librado López  y muchos más que ya iremos mencionando, pero por ese tiempo también nació un personaje, que aunque nació en el rancho de Atemajac, tuvo mucho que ver con la historia de El Remolino. Cuentan que a ese niño le predijo su nacimiento la muerte y dijo que le llamaran Tránsito, que significa precisamente, muerte, pero que el padre que lo bautizó no aceptó ponerle ese nombre y se lo cambio por Trinidad, esta es la historia del nacimiento de él tan famoso Don Trinidad Bañuelos, el azote del cañón de Juchipila.



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